El legado de José Luis Sánchez Fernández y la tumba eterna de Juan Belmonte
Hablar de José Luis Sánchez Fernández (Almansa, 1926 – Pozuelo de Alarcón, 2018) es adentrarse en una vida marcada por una voluntad férrea de elevar la escultura española hacia un espacio nuevo, limpio de retóricas heredadas y atento a un país que comenzaba a modernizarse. Fue un artista popular en un sentido muy profundo: no necesitó la fama mediática, porque su obra se incrustó en ciudades, fachadas, plazas, pórticos y cementerios, formando parte silenciosa del paisaje emocional de millones de personas.
Monumento a Isabel La Católica en Wáshington de José Luis Sánchez
“Lo importante es que la escultura respire en la calle”, dijo una vez, frase citada en un catálogo de 1981 que lo situaba como “el escultor que todos ven y pocos conocen por nombre”. Ese anonimato relativo no restaba fuerza a su presencia; al contrario, alimentaba la sensación de que sus obras no pertenecían a él, sino al espacio compartido.
Pórtico de La Mancha de Albacete de Sánchez Fernández
Su infancia quedó partida por los reveses económicos que llevaron a su familia de Almansa a Madrid en 1935, y por el obligado retorno durante la Guerra Civil. Tras licenciarse en Derecho —carrera a la que llegó más por deseo familiar que propio— trabajó en el Banco Central para costearse los estudios, hasta que en 1950, en un gesto que a veces evocaba con humor, dejó la banca por el barro: ingresó en la Escuela Superior de Artes y Oficios, donde encontró al maestro que marcaría su destino, Ángel Ferrant. La pedagogía de Ferrant, basada en la experimentación, el sentido constructivo y la ruptura suave con el academicismo, fue para Sánchez una revelación.
Toro en aluminio plateado de José Luis Sánchez Fernández
A comienzos de los años cincuenta obtuvo una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que lo llevó a Milán y Roma, donde conoció a Marino Marini, Giacomo Manzú y los hermanos Pomodoro. Esa estancia italiana, prolongada con estudios de cerámica en París en el taller de Pierre Canivet —donde conoció a su futura esposa Jacqueline Canivet— fue decisiva para su apertura plena a la abstracción. Cuando regresó a España en 1955, se instaló en Madrid, compartió estudio con Arcadio Blasco y comenzó un diálogo permanente con arquitectos como Miguel Fisac, Javier Carvajal, Fernández del Amo o Antonio Lamela. Aquellas colaboraciones moldearon uno de los rasgos más distintivos de su obra: la integración natural de la escultura con la arquitectura, sin jerarquías, sin servidumbres, como dos lenguajes llamados a entenderse.
Tumba de Juan Belmonte en Sevilla de José Luis Sánchez Fernández
En los años sesenta y setenta, mientras la crítica lo situaba en la llamada “generación de la posguerra”, Sánchez depuró un estilo austero y vibrante, hecho de planos tensos, volúmenes rotundos y una inclinación casi espiritual por la geometría. Su trabajo en arte sacro contemporáneo —retablos, baptisterios, crucificados, mobiliario litúrgico— renovó la iconografía religiosa española tras el Concilio Vaticano II. Ganó la Medalla de Oro en la Bienal de Arte Sacro de Salzburgo (1962), lo que reforzó su prestigio en Europa. Para muchos párrocos jóvenes de la Transición, su obra era la prueba de que lo sagrado podía respirar modernidad sin perder hondura.
Acero Corten monumento a Adolfo Suárez en Almansa
Pero la clave de su popularidad no residió en las galerías. Estaba en la calle. En España hay generaciones enteras que crecieron jugando bajo su El Triunfo, en Albacete, una figura alada y abierta al cielo, instalada en 1970 en la Redonda y convertida desde entonces en símbolo urbano. También están sus relieves para El Corte Inglés, sus murales para ministerios, sus esculturas en Barajas, sus puertas monumentales y sus piezas públicas en plazas de Burgos, Almansa, Madrid, Sevilla o Avilés. Cada una de ellas consolidó esa fama callada de autor imprescindible en el paisaje moderno de España.
En cuanto al terreno de las obras históricas, su catálogo es fértil. Desde la estatua de Isabel la Católica donada a la OEA en Washington, hasta La Paz Aupada (2007) en Almansa, símbolo de reconciliación en el III centenario de la batalla, pasando por relieves como los del complejo de Ensidesa en Avilés o el monumental Pórtico de La Mancha en el campus de Albacete. También destacan sus esculturas en los Museos Vaticanos, la decoración escultórica de la Casa del Cordón de Burgos o grandes piezas institucionales como Océana, en el Ministerio de Economía.
Monumento a Juan Belmonte de José Luis Sánchez Fernández
La tauromaquia no fue un eje central en su carrera, pero sí dejó obras de enorme fuerza asociadas al imaginario taurino. La más importante —y sin duda la más cargada de historia— es el mausoleo de Juan Belmonte, encargado tras su muerte en 1962. Realizado junto al arquitecto Antonio Delgado Roig, es una pieza extraordinaria: geometría pura, granito negro, un vacío en el pecho que parece contener la última sombra del torero. Aquel “hueco” doliente, según contó Sánchez en una entrevista de 1978, “es el sitio exacto donde se guarda el miedo del hombre”. Es, probablemente, una de las obras funerarias más importantes del arte español contemporáneo. Además, creó una escultura de toro en bronce patinado inspirada en las formas ancestrales de Altamira y en los toros cerámicos peruanos de Pacará, una aproximación simbólica a la fuerza primordial del animal.
Puerta de la Fundación Albéniz de Sánchez Fernández
Su carrera académica y docente fue igualmente relevante: profesor en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando desde 1975, académico de número de la Real Academia de San Fernando (1986), Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha (2009). En 1981, su retrospectiva en el Palacio de Cristal del Retiro, justo entre Chillida y Henry Moore, confirmó su estatura en el panorama internacional. Cuando murió en 2018, el ministro José Guirao lo definió como “uno de los grandes escultores del siglo XX”, un juicio que hoy se repite con serenidad.
Su legado —más de sesenta años de trabajo constante— es el de un creador que se empeñó en democratizar la escultura, sacar el arte a la calle, integrarlo con la vida diaria, abrirlo a la luz. Muchos artistas posteriores reconocen en él a un puente entre la tradición y la modernidad. Y muchas ciudades españolas exhiben, sin saberlo quizá, una parte de su sensibilidad y de su manera de entender el mundo.
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