Richard Ford: caminos, toros y cuadernos de un británico deslumbrado por España

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Richard Ford: caminos, toros y cuadernos de un británico deslumbrado por España

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Richard Ford: caminos, toros y cuadernos de un británico deslumbrado por España

Richard Ford nació en Londres el 21 de abril de 1796 y murió en Heavitree, entonces un pueblo de Devon y hoy integrado en Exeter[/b>, el 31 de agosto de 1858. Fue abogado de formación, dibujante de talento, coleccionista, escritor de viajes, crítico de arte e hispanista de primera fila. En la Inglaterra del siglo XIX, donde España seguía pareciendo para muchos una periferia áspera, exótica e incomprendida, él actuó como un intérprete de enorme influencia. No fue un turista con pretensiones literarias, sino un observador que convirtió su experiencia española en obra duradera.

Nació en una familia acomodada y culta. Su padre, también llamado Richard Ford, fue abogado y parlamentario; su madre, Marianne Booth, procedía de una familia vinculada al coleccionismo y al mundo del arte. De ese doble origen le vinieron dos inclinaciones que marcaron su vida: una formación seria, disciplinada, y una sensibilidad visual poco común. Estudió en Trinity College, en Oxford, y se graduó en 1817. Nunca hizo carrera en los tribunales. Los papeles legales no pudieron competir con los caminos, los dibujos y la curiosidad.
Richard Ford, Hispanista
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De joven realizó el habitual viaje europeo de formación, el grand tour, y esa educación viajera dejó huella. La Europa que conoció entonces no fue para él un decorado, sino una comparación permanente. Más tarde, cuando escribiera sobre España, lo haría con la memoria de Italia, Francia, Austria y otras tierras ya vistas, lo que da a su prosa un punto comparativo constante. No contemplaba un país como quien lo aísla del mundo, sino como quien lo coloca frente a otros.

En 1824 contrajo matrimonio con Harriet Capel, hija del conde de Essex. La salud frágil de su esposa fue el motivo inmediato del gran giro de su vida. Los médicos recomendaron un clima más suave y, en 1830, la familia partió hacia España. Aquella decisión, que parecía doméstica y casi médica, terminó por tener consecuencias literarias e intelectuales de largo alcance. El matrimonio buscaba alivio; Richard Ford encontró un país que le absorbió por completo.
Richard Ford Viaje por Galicia y Asturias
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Sevilla fue una de sus primeras bases. Allí pasó inviernos, observó la vida urbana, el pulso popular, las costumbres, los mercados, la religiosidad callejera, la conversación de las plazas y el habla viva. Después llegó Granada, cuya gravitación en su biografía resulta decisiva. No se limitó a visitar la ciudad: la habitó. Consiguió instalarse con su familia en dependencias vinculadas a la Alhambra, cerca del Mexuar y el Cuarto Dorado, y desde aquel enclave dibujó, tomó notas y miró con detenimiento un espacio que para tantos viajeros era solo escenario romántico. En él, sin embargo, la emoción del lugar convivió con la observación concreta: arquitectura, abandono, ruina, luz, detalle.

Desde Sevilla y Granada salió a recorrer el país. Lo hizo a caballo, en mula o en diligencia, por caminos ásperos, con cuadernos en el equipaje y sin entregarse a la comodidad del viajero aristocrático que pasa sin enterarse de nada. Sus rutas lo llevaron por Andalucía, Extremadura, Madrid, Toledo, Salamanca, Segovia, Guadalajara, el Levante, la franja que va desde tierras almerienses hasta Barcelona, la Ruta de la Plata y hasta Santiago de Compostela. En sus itinerarios aparecen también Murcia, Elche, Alicante, Sagunto[/b> —entonces aún evocada como Murviedro—, Cádiz, Málaga, Córdoba, Arcos de la Frontera y muchos pueblos menores.
Richard Ford Paisajes de España
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Ese mapa importa porque explica su valor como cronista. Ford no escribió desde un gabinete, sino desde el polvo del camino. Vio ventas y posadas, ruinas y caminos malos, monumentos y despoblados, tabernas y patios, iglesias y cortijos. Y mientras miraba, dibujaba. Sus más de quinientos dibujos y acuarelas, conservados en gran parte por su familia durante generaciones, acabaron por convertirse en una fuente visual de primer orden para entender la España anterior a la fotografía consolidada y anterior también a muchas restauraciones posteriores. Cuando en 2014 la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando mostró buena parte de ese legado, quedó claro que Ford no había sido solo escritor: también había fijado un país con el pulso del dibujante.

Su retrato sevillano, pintado en 1832 por José Domínguez Bécquer, padre de Gustavo Adolfo Bécquer, resulta revelador. El inglés que aparece allí ya no parece del todo inglés. Había absorbido algo del país: la ropa, el gesto, cierta teatralidad meridional, el gusto por mezclarse con el ambiente. Varias tradiciones biográficas insisten en que viajó vestido a la española, a veces como majo, a veces con aspecto popular, buscando observar sin tanta barrera entre él y lo observado. No era un simple disfraz: respondía a una forma de sumergirse en el paisaje humano.
Richard Ford Handbook for travellers in Spain
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De regreso a Inglaterra en 1833, se instaló en las proximidades de Exeter. Pero España no se quedó atrás. La arrastró consigo. Levantó una residencia con evocaciones mudéjares y jardines inspirados en el Generalife. Reunió una biblioteca española notable. Encuadernó volúmenes en castellano a la manera española. Reunió arte, notas, dibujos, recuerdos, y convirtió su casa en una prolongación cultural de la experiencia peninsular. Para decirlo sin rodeos: volvió a Devon, sí, pero una parte de él siguió viviendo entre Sevilla y Granada.

Su gran obra fue A Handbook for Travellers in Spain, publicada en 1845. El título puede engañar. No era una guía cualquiera, ni mucho menos una de esas relaciones secas de caminos, fondas y distancias. Era una obra torrencial, llena de datos, observaciones, ironías, advertencias, escenas y juicios. Explicaba el país a los viajeros británicos, pero también discutía con ellos antes de que llegaran. Les rompía el tópico. Les corregía el entusiasmo fácil. Les señalaba incomodidades, corrupciones, grandezas artísticas, desórdenes administrativos y honduras culturales. Ford no edulcoró a España, pero tampoco la redujo a caricatura.
Richard Ford Grabados de tauromaquia
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Ese libro tuvo un impacto enorme. Se reimprimió, se consultó durante décadas y orientó a generaciones de viajeros anglófonos. Más aún: influyó en la forma en que la propia Gran Bretaña hablaba de España. De algún modo, Ford profesionalizó la escritura de viajes dedicada a la Península, dándole espesor histórico, atención artística y densidad social. A los lectores les ofrecía una nación real, no una postal. Y por eso sigue leyéndose.

Un año después publicó Gatherings from Spain, donde reunió materiales, escenas y apuntes que habían quedado fuera del Handbook. Allí se aprecia muy bien su estilo: agudo, vivo, burlón por momentos, pero también culto, minucioso y extraordinariamente atento a los detalles. Es uno de esos escritores que parecen hablar mientras escriben. Da la impresión de haberlo visto todo y de no resignarse a contarlo con solemnidad pomposa.
Richard Ford Gatherings from Spain
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También escribió en la Quarterly Review, donde publicó ensayos influyentes, entre ellos uno de los primeros estudios serios en inglés sobre Velázquez. Esa labor crítica ayudó a difundir el valor de la pintura española en el mundo británico. Su mirada no se limitaba al viaje: intervenía en el gusto, en la crítica artística, en la circulación cultural. Por eso su importancia como personaje público fue notable. Fue una autoridad sobre España para editores, lectores, viajeros e intelectuales.

No extraña que su figura haya provocado juicios encontrados. Lo han llamado hispanista y también hispanófobo. La contradicción es aparente, pero solo hasta cierto punto. Ford amó intensamente el país; también lo criticó con dureza. Esa mezcla de apego y severidad es parte de su fuerza. Los escritores que solo adulan suelen envejecer pronto. Los que observan con pasión, ironía y enfado dejan páginas más vivas. Ford pertenece a esa especie.
Richard Ford, Dibujos viajes por España
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La tauromaquia como clave para leer a España

Pocas facetas de Richard Ford resultan tan significativas como su atención a la tauromaquia. En un mundo británico que tendía a despacharla con superioridad moral o simple escándalo, él hizo algo más difícil: intentó comprenderla. No como capricho sanguinario ni como extravagancia peninsular, sino como uno de los lenguajes centrales de la sociedad española del siglo XIX. Ahí fue más lejos que muchos viajeros de su tiempo.

Asistió a corridas en Sevilla, Madrid y Cádiz. Miró el ruedo, pero también el tendido. Le interesaron las suertes, la estructura del festejo, la tensión del paseíllo, el valor del matador, el trabajo de la cuadrilla, el gesto del público, la diferencia entre una plaza y otra, entre una forma andaluza y otra castellana de entender el espectáculo. Sus notas no tienen el tono del curioso de paso: tienen la precisión del hombre que sabe que allí se está representando algo más grande que una simple función.
Richard Ford, Cosas de España
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En el Handbook y en Gatherings from Spain dedicó páginas importantes a explicar la fiesta a un lector inglés que carecía de claves para interpretarla. Eso lo obligó a pelear con el idioma. ¿Cómo verter al inglés palabras como matador, picador, muleta, volapié, estocada o faena sin destruir el sentido cultural que llevan dentro? Ford entendió pronto que el léxico taurino no es una simple nomenclatura técnica: es una visión del mundo. De ahí su relevancia como mediador lingüístico.

Su interés taurino alcanzó un punto culminante en 1852, cuando redactó los textos de Tauromachia, or, the Bull-Fights of Spain, publicado en Londres por J. Hogarth con láminas de William Lake Price. Aquel libro lo confirma como uno de los primeros autores en lengua inglesa que trataron monográficamente la corrida como fenómeno artístico y cultural. Ya no era solo el viajero que comenta una costumbre pintoresca: era un escritor que reconocía en el toreo un sistema expresivo propio.

En sus páginas aparece el matador como figura trágica, la plaza como teatro popular, el público como juez y la corrida como un espacio singular donde la sociedad entera se reconoce. Ford vio que allí coincidían el noble y el menesteroso, el curioso y el entendido, el fervor popular y la puesta en escena ceremonial. Esa lectura de la tauromaquia como condensación del carácter español fue una de sus intuiciones más fértiles y una de las que más influyeron en la recepción extranjera del tema.

No se limitó a describir lo visible. También defendió la fiesta frente a ciertos moralistas británicos, convencido de que la hipocresía victoriana condenaba con facilidad aquello que no quería comprender. Su defensa no era la del fanático ciego, sino la del observador que veía en los toros una tradición compleja, cargada de riesgo, forma, honor, técnica y simbolismo. Y si hoy interesa releer sus pasajes taurinos no es solo por su color histórico, sino porque muestran hasta qué punto la tauromaquia fue para él una puerta de entrada al alma pública de España.
Richard Ford Cosas de España, toros
Últimos años y legado
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En sus últimos años siguió siendo una autoridad sobre asuntos españoles. Su biblioteca, sus dibujos, sus contactos y su prosa lo habían convertido en referencia obligada. Murió en Heavitree el 31 de agosto de 1858. Se ha repetido que quiso ser enterrado con una chaqueta española de piel de oveja y que él mismo escogió la inscripción latina de su tumba: Rerum Hispaniae indagador acerrimus, es decir, investigador acérrimo de las cosas de España. La frase, verificada como epitafio, resume bien su destino.

Para el lector hispano de hoy, Richard Ford merece atención por una razón sencilla: no fue un admirador de escaparate. Recorrió ciudades y pueblos, durmió en malas posadas, dibujó monumentos, discutió sobre arte, se ocupó del idioma, estudió la tauromaquia y devolvió a Europa una imagen de España más viva, más incómoda y más verdadera de la que circulaba en su tiempo. Fue importante en su país y fuera de él porque convirtió la experiencia española en literatura influyente, en crítica de arte, en memoria visual y en conversación pública. Pocos extranjeros han dejado una huella semejante.
Un foro :idea: es mejor que twitter, mejor que facebook, mejor que instagram... ¿por qué? Este foro es taurino; las redes sociales son antis :evil: .

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