Benjamín Palencia: convertir el paisaje en vanguardia y el toro en símbolo
En Barrax —Albacete, llanura de secano, horizonte bajo y viento sin adorno— nació en 1894 Benjamín Palencia Pérez, en una familia numerosa. La biografía de Palencia empieza con un dato que en su caso no es un detalle, sino un carácter: la tierra. Ese paisaje, que a otros les habría parecido un fondo sin interés, a él le dio un vocabulario entero de formas, luces y silencios. Lo recordaría siempre, incluso cuando la vida lo empujara a la ciudad. Su primer aprendizaje fue de intuición y de terquedad: dibujar lo visto con hambre de precisión y con la ambición —todavía infantil— de que el campo también podía ser una idea moderna.
Cuando en 1909 llega a Madrid, su educación se vuelve metódica sin necesidad de uniforme académico. Consigue carné de copista en el Museo del Prado y se mete allí como quien entra a un oficio: copiar para aprender, mirar para afinar el pulso. Velázquez, El Greco y Goya son, en esos años, una escuela de pintura y otra escuela de España. En paralelo, aparecen los apoyos discretos que hacen posible una carrera: entre ellos, el ingeniero Rafael López Egóñez, que actúa como mecenas y sostén en una etapa crucial. El joven Palencia se mueve con austeridad, pero con una idea fija: la pintura no es un pasatiempo, es un destino.
Benjamín Palencia, Oleo sobre lienzo, Toledo, 1943
Madrid literario: amistades, revistas y el paso de la poesía a la pintura
En 1916–1917, su nombre empieza a circular con un aire de promesa. Entra en contacto con escritores y críticos; el encuentro con Juan Ramón Jiménez resulta decisivo: mentor, puerta de entrada a círculos culturales y, sobre todo, espejo exigente. Palencia entiende entonces algo que no abandonará nunca: el paisaje no es solo una vista, es un estado de ánimo, y eso lo emparenta con la poesía. De esa relación nace una colaboración en libros como Fuego y sentimiento y Niños, donde se percibe un diálogo real entre palabra e imagen.
Benjamín Palencia, Retrato
Frecuenta la Residencia de Estudiantes, ese lugar que fue laboratorio y sobremesa de una época. Allí trata con artistas como Francisco Bores y Salvador Dalí, y se relaciona con el mundo de la Generación del 27. La crónica cultural madrileña de los años veinte lo encuentra en exposiciones, tertulias y proyectos, con una doble condición: pintor de raíz rural y, al mismo tiempo, interlocutor de la modernidad. No pretende escandalizar; pretende acertar.
Benjamín Palencia, Toros, 1948
París y el regreso con acento propio
El viaje a París en los años veinte no le sirve para disfrazarse de francés, sino para calibrarse frente a los grandes. Comparte ambiente con Pancho Cossío y Manuel Ángeles Ortiz; conoce de cerca el cubismo, el surrealismo, el constructivismo. La lista de nombres —Pablo Picasso, Georges Braque, Joaquín Torres García— funciona menos como postal que como dato de temperatura: Palencia estuvo allí cuando había que estar, y regresó con una modernidad que no rompía su cordón umbilical con lo manchego y lo castellano.
De vuelta a España, no abandona el paisaje: lo reinventa. Pasa temporadas en Alicante y Altea, buscando una luz distinta para limpiar la mirada. Alterna el polvo interior con el azul mediterráneo, sin traicionar su tema mayor. En 1928 expone en el Palacio de Bibliotecas y Museos de Madrid con apoyos como Rafael Alberti y José Bergamín. Hubo protestas, sí; y hubo insistencia: vuelve a exponer, vuelve a sostener su apuesta. Es un rasgo de carácter: Palencia no es un pintor de ocurrencias; es un pintor de continuidad.
Benjamín Palencia, Pase taurino, 1977
La Escuela de Vallecas: el extrarradio como manifiesto
Entre finales de los años veinte y primera mitad de los treinta, Palencia y el escultor Alberto Sánchez levantan una de las aventuras estéticas más singulares del arte español: la Escuela de Vallecas. No es una academia, ni una etiqueta para catálogo. Es un método de mirada: ir al extrarradio, a los descampados de Madrid, y buscar en la pobreza del terreno una riqueza simbólica. La tierra dura se vuelve idea; la piedra, estructura; el horizonte, ritmo.
De esa experiencia nace su “imagen nueva” de Castilla: sobria, esencial, a veces onírica; moderna sin ser estridente. Palencia convierte el paisaje en una arquitectura emocional: lo simplifica, lo tensa, lo hace respirar con pocos elementos. Su pintura va encontrando un equilibrio raro: parece antigua y nueva a la vez. En 1933 expone en París en la galería de Pierre Loeb y entra en contacto con figuras del surrealismo francés como André Breton, Louis Aragon y Benjamin Péret. Ese mismo periodo lo muestra también vinculado a espacios e instituciones madrileñas como el Ateneo de Madrid y publicaciones como Cruz y Raya.
Los toreros de Benjamín Palencia
Lorca y La Barraca: el pintor al servicio del teatro
En 1932 se suma al Teatro Universitario La Barraca de Federico García Lorca. Diseña escenografías y figurines para La vida es sueño de Calderón de la Barca y crea el emblema del grupo. Esa colaboración lo sitúa como un “pintor de los poetas” por derecho propio: no un acompañante decorativo, sino un creador que entiende la escena como un espacio pictórico. En Palencia, la línea y el color no solo representan: organizan el mundo.
No es un dato menor: su obra se alimenta de esos cruces. El paisaje que pinta no es una postal campestre; es un escenario donde ocurren cosas —aunque no haya personajes—. Y cuando hay figuras, son mínimas, casi signos: como si fueran voces pequeñas en un territorio inmenso.
Toro de pólvora de Barrax, Benjamín Palencia
Guerra, posguerra y una reinvención sin aspavientos
La Guerra Civil lo obliga a replegarse. A diferencia de muchos amigos e intelectuales que marchan al exilio, Palencia permanece en Madrid. Después, en la posguerra, reorganiza su vida y su pintura con un pulso menos experimental, pero no menos personal. Reúne durante unos años a jóvenes y antiguos seguidores en torno a El Convivio, semilla de una segunda etapa de Vallecas y antecedente de lo que se llamará Escuela de Madrid.
Benjamín Palencia, Corrida de toros, tendido 2, rotulador sobre papel
Su geografía vital se fija con claridad: el estudio madrileño, temporadas en Villafranca de la Sierra (Ávila) desde 1941, y el refugio luminoso de Altea en otoño e invierno. En Villafranca, ligado a la figura de Serafín, su criado y guía práctico del día a día, se construye en 1953 un chalet diseñado por Luis Felipe Vivanco, y allí pinta paisajes de una serenidad trabajada, como si el silencio fuese también una herramienta. Tras la muerte de Serafín en 1969, su hermana Salomé Palencia se ocupa de él en los años finales. Son datos domésticos, sí, pero explican el clima de una obra: Palencia necesita retiro para ver con precisión.
Benjamin Palencia, Toro
Los reconocimientos llegan con cadencia: en 1943 obtiene la Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes por La era; en 1951 recibe la Medalla de Oro de la I Bienal Hispanoamericana de Arte por un paisaje abulense. En 1974 ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y pronuncia el discurso Mi concepto y experiencia de la pintura. Su figura queda instalada, ya en vida, como maestro del paisaje español del siglo XX.
Benjamín Palencia, Toreros
La tauromaquia en Palencia: el toro como forma y como destino
La obra taurina de Benjamín Palencia no ocupa el lugar de una afición lateral: es un capítulo coherente de su manera de entender lo español desde la modernidad. Palencia no pinta toros para contar una tarde; pinta toros para entender una tensión. El ruedo le ofrece estructura: círculo, geometría, masa humana convertida en color, y en el centro el diálogo entre animal y figura. En ese sentido, la tauromaquia se le parece al paisaje: ambos son espacios donde el drama aparece sin necesidad de subrayarlo.
Benjamín Palencia, Apuntes de toros
Muy pronto, en los años veinte, aborda el tema con piezas como Dos toreros (fechada en varias referencias en torno a 1920–1924). No es el torero de cartel complaciente: es un tipo humano tallado con gravedad, con ecos de tradición y filtrado por un lenguaje ya atento a la síntesis formal. La persistencia de esa imagen, décadas después, explica por qué se ha utilizado como motivo emblemático en contextos taurinos contemporáneos vinculados a Albacete: Palencia logra una figura que no se gasta, porque no depende de la moda.
Benjamín Palencia. Composicón Tinta china sobre papel. Museo Reina Sofía
En 1933 pinta Toros (Tauromaquia), hoy conservada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. El cuadro no busca el realismo fotográfico; busca el ritmo: manchas, tensiones, una atmósfera donde el toro aparece como energía más que como anatomía. Ese enfoque conecta con la experiencia de la Escuela de Vallecas: simplificar para llegar a lo esencial, convertir lo visible en símbolo. También en 1933 realiza obra sobre papel vinculada al tema, como Tres figuras (Tauromaquia), que muestra hasta qué punto el dibujo fue su herramienta favorita para “apuntar” movimiento y presencia.
Benjamin Palencia, El maestro y su cuadrilla 1970
En la posguerra y la madurez, el mundo taurino reaparece no solo en lienzos, sino en su participación cultural. En 1948 publica el texto Sueño del torero ligado a la Galería Clan de Madrid y firma el prólogo del primer cuaderno de la colección Artistas nuevos dedicado a la Tauromaquia de Mathias Goeritz. Ahí se ve al Palencia que piensa: para él, el toro no es solo tema pictórico; es materia cultural, un idioma español con resonancia universal. Además, su obra participa en exposiciones colectivas taurinas en espacios como el Banco Bilbao en Madrid o el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla, y en muestras como El toro y sus mundos en la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia.
Benjamín Palencia, Torero 1964
Y está, por encima de todo, la afinidad de fondo: el toro como extensión del campo. En Palencia, toro y paisaje se entienden; comparten polvo, luz oblicua, verdad seca. Sus escenas taurinas tienen, por eso, algo de crónica y algo de mito: un rito que sucede en la arena, pero que viene del mismo lugar que vienen los caminos de su Mancha natal.
Benjamín Palencia, Puerta de Madrid, Alcalá de Henares
El museo como regreso: Albacete, la donación y el final
En 1976, entrevistado en TVE para el programa Gente por Tico Medina, anuncia su voluntad de legar obra a Albacete. El director del museo, Samuel de los Santos, impulsa el proceso. El 11 de noviembre de 1978, Doña Sofía inaugura la nueva sede del Museo de Albacete y, en ese acto, se formaliza el peso real del legado: alrededor de 130 obras, entre óleos y dibujos, con condiciones de permanencia y con una sección bautizada con su nombre. Ese día, además, recibe la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes: reconocimiento público y cierre simbólico de círculo.
En 1979 realiza otra entrega importante al Museo Español de Arte Contemporáneo. Y el 16 de enero de 1980 muere en Madrid, dejando una producción inmensa —centenares de óleos y miles de dibujos— que hoy se reparte entre colecciones públicas y privadas, y que sigue sosteniendo una afirmación sencilla: la modernidad española también se escribió con tierras ocres, con cerros pobres y con una mirada que aprendió a no distraerse.
Benjamín Palencia, Niños de Vallecas
Su fama en España es sólida, casi de maestro inevitable: renovador del paisajismo, figura clave de la vanguardia de raíz, artista puente entre pintura y poesía. Fuera, su presencia en colecciones y su participación histórica en circuitos internacionales lo sitúan como un caso singular: un moderno sin cosmética, un pintor capaz de dialogar con Europa sin abandonar la llanura que lo hizo.
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