Ulpiano Checa, entre Roma, París y la memoria taurina de España
Publicado: Vie Abr 03, 2026 11:44 am
Ulpiano Checa, entre Roma, París y la memoria taurina de España
Un nombre mayor de la pintura española de fin de siglo Ulpiano Fernández-Checa y Saiz, conocido universalmente como Ulpiano Checa, nació en Colmenar de Oreja el 3 de abril de 1860 y murió en Dax, en el suroeste de Francia, el 5 de enero de 1916. Fue pintor, ilustrador, cartelista, decorador, escultor ocasional y autor de un tratado técnico. En vida alcanzó una celebridad que hoy sorprende a quien lo descubre por primera vez: expuso en los grandes salones franceses, obtuvo premios dentro y fuera de España, recibió condecoraciones oficiales y colocó su firma en un mercado internacional que iba de París a Buenos Aires. Durante décadas, sin embargo, su nombre quedó algo relegado en el relato canónico del arte español, eclipsado por otros maestros más repetidos en manuales y museos. Esa desproporción entre la fama que tuvo y el olvido posterior es una de las primeras claves de su biografía.
Ulpiano Checa, Caballo de tiro roturando la tierra en Colmenar de Oreja Colmenar, la piedra, la infancia
Nació en el número 5 de la antigua calle de las Damas, hoy calle Ulpiano Checa, en una villa madrileña de fuerte personalidad agrícola y cantería célebre. Colmenar de Oreja, con su piedra caliza, sus tinajas, sus viñas y su cercanía al Tajo, no fue en su caso un simple lugar de origen: fue un depósito de imágenes al que regresó toda la vida. Su padre, Felipe Antonio Checa, explotaba canteras; su entorno familiar estuvo vinculado a ese mundo material de la piedra y el trabajo. El muchacho mostró desde muy pronto facilidad para el dibujo, y aquel talento llamó la atención de José Ballester, propietario del Café de la Concepción en Madrid, que acabó convirtiéndose en su protector. Ese encuentro cambió por completo el rumbo de la familia y del pintor.
Ulpiano Checa, Torera Madrid: aprendizaje, disciplina y ambición</b]
En 1873, gracias a José Ballester, Ulpiano Checa se trasladó con su familia a Madrid. Allí ingresó primero en la Escuela de Artes y Oficios y, en 1875, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Obtuvo medallas y becas, y entre 1879 y 1884 ejerció como profesor adjunto de Perspectiva junto a Pablo Gonzalvo. También colaboró como ayudante de Manuel Domínguez en dos empresas decorativas de enorme visibilidad: el Palacio de Linares y la Basílica de San Francisco el Grande. Aquellos años revelan a un artista laborioso, muy bien formado en el dibujo y la construcción espacial, y nada entregado a la bohemia inútil. Su carrera empezó entre estudio, oficio y encargos reales, no entre leyendas de café. Fue además socio fundador del Círculo de Bellas Artes de Madrid, señal inequívoca de su inserción en la vida cultural de la capital.
La naumaquia, Ulpiano Checa Roma, la primera gran consagración
En 1884 obtuvo la pensión de número en pintura de historia en la Academia Española de Bellas Artes de Roma. Roma le dio algo más que antigüedades y ruinas ilustres: le dio escala. Allí afianzó su gusto por la composición monumental, por la reconstrucción histórica y por el animal en movimiento, sobre todo el caballo. Uno de sus envíos más célebres de aquel periodo fue La invasión de los bárbaros, obra premiada con primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887 y también reconocida en Viena al año siguiente. La obra, que llegó a pertenecer al Museo del Prado, terminó destruida en un incendio, pérdida importante para entender toda la ambición temprana del pintor.
Ulpiano Checa La feria estatua en bronce París, la ciudad decisiva
Aunque Roma fue decisiva, la ciudad que hizo de Ulpiano Checa un artista internacional fue París. Allí se instaló definitivamente en 1889, participó en los salones y se casó el 1 de julio de 1890 con Matilde Chayé Courtez, unión que lo vinculó también a Bagnères-de-Bigorre, en los Altos Pirineos. A partir de entonces su vida discurrió entre la capital francesa, los veranos o estancias en el Midi y sus regresos a España. En París encontró clientela, crítica, reconocimiento oficial y una red social de primer nivel. No fue allí un español pintoresco más, sino un profesional perfectamente instalado en el gran mercado artístico europeo.
Ulpiano Checa El lazo en la pampa El pintor del movimiento
Si hubiera que definir a Checa con un solo rasgo, sería este: fue un maestro del movimiento. Sus grandes asuntos fueron la antigüedad clásica, las cabalgadas, las invasiones, las cuadrigas, las escenas napoleónicas, los ambientes orientales y las composiciones de masas en tensión. El caballo fue uno de sus grandes protagonistas visuales, hasta el punto de convertirse en una especie de firma. Obras como Carrera de carros romanos, premiada en el Salón de París de 1890, o Los últimos días de Pompeya, medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1900, condensan ese mundo suyo: velocidad, drama, escorzos, polvo, luz sesgada y una teatralidad de gran aparato. Su pintura, antes que quietud, pedía estruendo. Por eso muchos estudios posteriores la han visto como un precedente muy útil para el imaginario del cine histórico.
Ulpiano Checa Andalucía en tiempos de los moros Un artista múltiple, no un pintor de una sola tecla
Reducir a Ulpiano Checa a las cuadrigas sería quedarse corto. Publicó en 1900 un Tratado de perspectiva en francés, utilizado en escuelas artísticas de Francia; ilustró libros como Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín; participó en proyectos decorativos; trabajó el cartelismo; y en 1901 diseñó vestuario y escenografía para la puesta en escena parisina de Quo Vadis?. Ese mismo 1900 decoró una de las cúpulas del restaurante Le Train Bleu, en la Gare de Lyon, con vistas de ciudades del sur de Francia. La imagen del pintor encerrado en su caballete no le cuadra: fue, más bien, un narrador visual completo, capaz de saltar del gran óleo al libro, del muro al cartel, del estudio a la escena.
Martina García Torera, Ulpiano Checa Viajes, mercado y proyección internacional
Su geografía profesional fue amplísima. Expuso en Lyon, Montecarlo, Rouen, Angers y Burdeos; envió obra a otros países europeos y a ciudades americanas; y en 1902 viajó personalmente a Argentina y Uruguay, donde retrató al general Bartolomé Mitre y reforzó su posición en el mercado rioplatense. También tuvo presencia en el norte de África, con relación artística con Argelia y Túnez. Recibió la Orden de Carlos III en 1891, la Legión de Honor francesa en 1894 y la tunecina Nicham Iftikhar en 1912. No eran adornos menores: certificaban que su prestigio había cruzado fronteras de manera oficial.
Ulpiano Checa, La trilla Colmenar siempre al fondo
Y, sin embargo, por muy cosmopolita que se volviera su vida, Colmenar de Oreja siguió funcionando como centro sentimental. Volvió a pintar allí escenas del pueblo y de su entorno, realizó proyectos locales y dejó una huella visible en la iglesia de Santa María la Mayor, donde pintó los grandes murales de La Anunciación, La Presentación de la Virgen en el Templo y San Cristóbal. El museo monográfico que hoy custodia la colección más amplia del artista se inauguró en 1960, el año del centenario de su nacimiento, con una donación inicial de sus hijos Carmen y Felipe Checa Chayé. Pocas biografías de pintores españoles muestran con tanta claridad ese doble juego entre universalidad y arraigo.
Ulpiano Checa, Burro La tauromaquia: cercanía, afinidad y límites de lo documentado
Conviene decirlo sin rodeos: Ulpiano Checa no fue, en sentido estricto, un gran pintor taurino comparable a Goya o a los especialistas posteriores del género. Lo documentado hoy permite hablar de una relación real, pero no dominante, con el universo de los toros. Hay una pieza segura y muy significativa, La Martina. Torera de Colmenar, conservada en el Museo Ulpiano Checa, que retrata a la célebre torera colmenareña Martina García. También consta en el mercado artístico la existencia de obras como Avant la corrida y Toreadora - Torero - Valencia, que prueban que el asunto taurino pasó por su mano, aunque no formara el centro de su catálogo conocido.
Ulpiano Checa, Regreso del mercado Un pintor afín al mundo del toro por temperamento visual
Más importante aún que el número de cuadros taurinos es la afinidad de fondo. Checa pintó mejor que casi nadie el segundo anterior al choque: el músculo del caballo tenso, el cuerpo lanzado hacia delante, la violencia del encuentro congelada en el instante exacto. Esa gramática visual roza de manera natural la tauromaquia. Aunque prefiriera la arena del circo romano al albero de la plaza, entendía como pocos el valor plástico del riesgo. En su pintura hay expectación, empuje, equilibrio precario y público imaginado; en ese sentido, muchos de sus cuadros históricos respiran un aire que un lector taurino reconoce enseguida. La cercanía está menos en el asunto literal que en el nervio de la composición.
La huella taurina de la tierra natal
Además, su mundo de infancia lo acercaba de manera natural al ambiente taurino. Colmenar de Oreja, como tantas localidades madrileñas del siglo XIX, conocía festejos y tradiciones ligadas al toro; Madrid, donde Checa se formó, vivía en plena efervescencia taurina; y la figura de La Martina, paisana suya y convertida casi en institución popular, ofrece una conexión concreta entre biografía local y memoria taurina. No parece prudente inflar esa relación hasta convertirla en una pasión avasalladora que las fuentes no prueban. Sí cabe afirmar, en cambio, que la tauromaquia estaba dentro del ecosistema cultural del pintor y que aflora en su obra de forma más discreta pero nada trivial.
Ulpiano Checa, Caballo Los últimos años y la muerte en Dax
En la década final su salud se fue resintiendo. El estallido de la Primera Guerra Mundial complicó la vida europea y también la de un artista instalado en Francia. Terminó dejando París, pasó por Bagnères-de-Bigorre y murió en Dax el 5 de enero de 1916. Sus restos fueron trasladados poco después a Colmenar de Oreja, cumpliéndose así un último regreso. La escena tiene algo muy suyo: el pintor más internacional salido de aquella villa madrileña acabó cerrando el círculo en la misma tierra donde lo habían descubierto de niño.
Carrera de cuádrigas, Ulpiano Checa Su lugar en la historia
Hoy Ulpiano Checa interesa por varias razones a la vez: por la calidad de su oficio, por la fuerza narrativa de su pintura, por su papel como artista español triunfante en el extranjero y por esa capacidad rara para convertir la velocidad en imagen duradera. Es un pintor español y europeo; madrileño de origen, parisino de consagración, viajero de oficio y colmenareño de memoria. Su obra sigue permitiendo entender un momento en que la pintura quería contar el mundo con aparato, con emoción y con brío. Y, aunque la tauromaquia no fuera su reino principal, sí forma parte de la estela cultural que ayuda a leerlo mejor: el valor del animal, el rito del peligro, el público como testigo y la belleza concentrada en un instante de máxima tensión. Torre de Colmenar de Oreja Ulpiano Checa
Un nombre mayor de la pintura española de fin de siglo Ulpiano Fernández-Checa y Saiz, conocido universalmente como Ulpiano Checa, nació en Colmenar de Oreja el 3 de abril de 1860 y murió en Dax, en el suroeste de Francia, el 5 de enero de 1916. Fue pintor, ilustrador, cartelista, decorador, escultor ocasional y autor de un tratado técnico. En vida alcanzó una celebridad que hoy sorprende a quien lo descubre por primera vez: expuso en los grandes salones franceses, obtuvo premios dentro y fuera de España, recibió condecoraciones oficiales y colocó su firma en un mercado internacional que iba de París a Buenos Aires. Durante décadas, sin embargo, su nombre quedó algo relegado en el relato canónico del arte español, eclipsado por otros maestros más repetidos en manuales y museos. Esa desproporción entre la fama que tuvo y el olvido posterior es una de las primeras claves de su biografía.
Ulpiano Checa, Caballo de tiro roturando la tierra en Colmenar de Oreja Colmenar, la piedra, la infancia
Nació en el número 5 de la antigua calle de las Damas, hoy calle Ulpiano Checa, en una villa madrileña de fuerte personalidad agrícola y cantería célebre. Colmenar de Oreja, con su piedra caliza, sus tinajas, sus viñas y su cercanía al Tajo, no fue en su caso un simple lugar de origen: fue un depósito de imágenes al que regresó toda la vida. Su padre, Felipe Antonio Checa, explotaba canteras; su entorno familiar estuvo vinculado a ese mundo material de la piedra y el trabajo. El muchacho mostró desde muy pronto facilidad para el dibujo, y aquel talento llamó la atención de José Ballester, propietario del Café de la Concepción en Madrid, que acabó convirtiéndose en su protector. Ese encuentro cambió por completo el rumbo de la familia y del pintor.
Ulpiano Checa, Torera Madrid: aprendizaje, disciplina y ambición</b]
En 1873, gracias a José Ballester, Ulpiano Checa se trasladó con su familia a Madrid. Allí ingresó primero en la Escuela de Artes y Oficios y, en 1875, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Obtuvo medallas y becas, y entre 1879 y 1884 ejerció como profesor adjunto de Perspectiva junto a Pablo Gonzalvo. También colaboró como ayudante de Manuel Domínguez en dos empresas decorativas de enorme visibilidad: el Palacio de Linares y la Basílica de San Francisco el Grande. Aquellos años revelan a un artista laborioso, muy bien formado en el dibujo y la construcción espacial, y nada entregado a la bohemia inútil. Su carrera empezó entre estudio, oficio y encargos reales, no entre leyendas de café. Fue además socio fundador del Círculo de Bellas Artes de Madrid, señal inequívoca de su inserción en la vida cultural de la capital.
La naumaquia, Ulpiano Checa Roma, la primera gran consagración
En 1884 obtuvo la pensión de número en pintura de historia en la Academia Española de Bellas Artes de Roma. Roma le dio algo más que antigüedades y ruinas ilustres: le dio escala. Allí afianzó su gusto por la composición monumental, por la reconstrucción histórica y por el animal en movimiento, sobre todo el caballo. Uno de sus envíos más célebres de aquel periodo fue La invasión de los bárbaros, obra premiada con primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887 y también reconocida en Viena al año siguiente. La obra, que llegó a pertenecer al Museo del Prado, terminó destruida en un incendio, pérdida importante para entender toda la ambición temprana del pintor.
Ulpiano Checa La feria estatua en bronce París, la ciudad decisiva
Aunque Roma fue decisiva, la ciudad que hizo de Ulpiano Checa un artista internacional fue París. Allí se instaló definitivamente en 1889, participó en los salones y se casó el 1 de julio de 1890 con Matilde Chayé Courtez, unión que lo vinculó también a Bagnères-de-Bigorre, en los Altos Pirineos. A partir de entonces su vida discurrió entre la capital francesa, los veranos o estancias en el Midi y sus regresos a España. En París encontró clientela, crítica, reconocimiento oficial y una red social de primer nivel. No fue allí un español pintoresco más, sino un profesional perfectamente instalado en el gran mercado artístico europeo.
Ulpiano Checa El lazo en la pampa El pintor del movimiento
Si hubiera que definir a Checa con un solo rasgo, sería este: fue un maestro del movimiento. Sus grandes asuntos fueron la antigüedad clásica, las cabalgadas, las invasiones, las cuadrigas, las escenas napoleónicas, los ambientes orientales y las composiciones de masas en tensión. El caballo fue uno de sus grandes protagonistas visuales, hasta el punto de convertirse en una especie de firma. Obras como Carrera de carros romanos, premiada en el Salón de París de 1890, o Los últimos días de Pompeya, medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1900, condensan ese mundo suyo: velocidad, drama, escorzos, polvo, luz sesgada y una teatralidad de gran aparato. Su pintura, antes que quietud, pedía estruendo. Por eso muchos estudios posteriores la han visto como un precedente muy útil para el imaginario del cine histórico.
Ulpiano Checa Andalucía en tiempos de los moros Un artista múltiple, no un pintor de una sola tecla
Reducir a Ulpiano Checa a las cuadrigas sería quedarse corto. Publicó en 1900 un Tratado de perspectiva en francés, utilizado en escuelas artísticas de Francia; ilustró libros como Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín; participó en proyectos decorativos; trabajó el cartelismo; y en 1901 diseñó vestuario y escenografía para la puesta en escena parisina de Quo Vadis?. Ese mismo 1900 decoró una de las cúpulas del restaurante Le Train Bleu, en la Gare de Lyon, con vistas de ciudades del sur de Francia. La imagen del pintor encerrado en su caballete no le cuadra: fue, más bien, un narrador visual completo, capaz de saltar del gran óleo al libro, del muro al cartel, del estudio a la escena.
Martina García Torera, Ulpiano Checa Viajes, mercado y proyección internacional
Su geografía profesional fue amplísima. Expuso en Lyon, Montecarlo, Rouen, Angers y Burdeos; envió obra a otros países europeos y a ciudades americanas; y en 1902 viajó personalmente a Argentina y Uruguay, donde retrató al general Bartolomé Mitre y reforzó su posición en el mercado rioplatense. También tuvo presencia en el norte de África, con relación artística con Argelia y Túnez. Recibió la Orden de Carlos III en 1891, la Legión de Honor francesa en 1894 y la tunecina Nicham Iftikhar en 1912. No eran adornos menores: certificaban que su prestigio había cruzado fronteras de manera oficial.
Ulpiano Checa, La trilla Colmenar siempre al fondo
Y, sin embargo, por muy cosmopolita que se volviera su vida, Colmenar de Oreja siguió funcionando como centro sentimental. Volvió a pintar allí escenas del pueblo y de su entorno, realizó proyectos locales y dejó una huella visible en la iglesia de Santa María la Mayor, donde pintó los grandes murales de La Anunciación, La Presentación de la Virgen en el Templo y San Cristóbal. El museo monográfico que hoy custodia la colección más amplia del artista se inauguró en 1960, el año del centenario de su nacimiento, con una donación inicial de sus hijos Carmen y Felipe Checa Chayé. Pocas biografías de pintores españoles muestran con tanta claridad ese doble juego entre universalidad y arraigo.
Ulpiano Checa, Burro La tauromaquia: cercanía, afinidad y límites de lo documentado
Conviene decirlo sin rodeos: Ulpiano Checa no fue, en sentido estricto, un gran pintor taurino comparable a Goya o a los especialistas posteriores del género. Lo documentado hoy permite hablar de una relación real, pero no dominante, con el universo de los toros. Hay una pieza segura y muy significativa, La Martina. Torera de Colmenar, conservada en el Museo Ulpiano Checa, que retrata a la célebre torera colmenareña Martina García. También consta en el mercado artístico la existencia de obras como Avant la corrida y Toreadora - Torero - Valencia, que prueban que el asunto taurino pasó por su mano, aunque no formara el centro de su catálogo conocido.
Ulpiano Checa, Regreso del mercado Un pintor afín al mundo del toro por temperamento visual
Más importante aún que el número de cuadros taurinos es la afinidad de fondo. Checa pintó mejor que casi nadie el segundo anterior al choque: el músculo del caballo tenso, el cuerpo lanzado hacia delante, la violencia del encuentro congelada en el instante exacto. Esa gramática visual roza de manera natural la tauromaquia. Aunque prefiriera la arena del circo romano al albero de la plaza, entendía como pocos el valor plástico del riesgo. En su pintura hay expectación, empuje, equilibrio precario y público imaginado; en ese sentido, muchos de sus cuadros históricos respiran un aire que un lector taurino reconoce enseguida. La cercanía está menos en el asunto literal que en el nervio de la composición.
La huella taurina de la tierra natal
Además, su mundo de infancia lo acercaba de manera natural al ambiente taurino. Colmenar de Oreja, como tantas localidades madrileñas del siglo XIX, conocía festejos y tradiciones ligadas al toro; Madrid, donde Checa se formó, vivía en plena efervescencia taurina; y la figura de La Martina, paisana suya y convertida casi en institución popular, ofrece una conexión concreta entre biografía local y memoria taurina. No parece prudente inflar esa relación hasta convertirla en una pasión avasalladora que las fuentes no prueban. Sí cabe afirmar, en cambio, que la tauromaquia estaba dentro del ecosistema cultural del pintor y que aflora en su obra de forma más discreta pero nada trivial.
Ulpiano Checa, Caballo Los últimos años y la muerte en Dax
En la década final su salud se fue resintiendo. El estallido de la Primera Guerra Mundial complicó la vida europea y también la de un artista instalado en Francia. Terminó dejando París, pasó por Bagnères-de-Bigorre y murió en Dax el 5 de enero de 1916. Sus restos fueron trasladados poco después a Colmenar de Oreja, cumpliéndose así un último regreso. La escena tiene algo muy suyo: el pintor más internacional salido de aquella villa madrileña acabó cerrando el círculo en la misma tierra donde lo habían descubierto de niño.
Carrera de cuádrigas, Ulpiano Checa Su lugar en la historia
Hoy Ulpiano Checa interesa por varias razones a la vez: por la calidad de su oficio, por la fuerza narrativa de su pintura, por su papel como artista español triunfante en el extranjero y por esa capacidad rara para convertir la velocidad en imagen duradera. Es un pintor español y europeo; madrileño de origen, parisino de consagración, viajero de oficio y colmenareño de memoria. Su obra sigue permitiendo entender un momento en que la pintura quería contar el mundo con aparato, con emoción y con brío. Y, aunque la tauromaquia no fuera su reino principal, sí forma parte de la estela cultural que ayuda a leerlo mejor: el valor del animal, el rito del peligro, el público como testigo y la belleza concentrada en un instante de máxima tensión. Torre de Colmenar de Oreja Ulpiano Checa