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José Demaría Vázquez, “Pepe Campúa”: una vida de prensa, poder, toros y calle

Publicado: Dom Mar 22, 2026 7:42 pm
por EstoEsElPueblo
José Demaría Vázquez, “Pepe Campúa”: una vida de prensa, poder, toros y calle

José Demaría Vázquez, al que medio país acabaría llamando Pepe Campúa, nació en Madrid el 18 de septiembre de 1900 y murió en la misma ciudad el 28 de febrero de 1975. Durante años se repitió que había nacido en Jerez de la Frontera, por arrastre sentimental de la biografía paterna, pero la documentación oficial sitúa su nacimiento en la capital. Lo jerezano, en su caso, fue una raíz familiar poderosa; lo madrileño, en cambio, fue el paisaje real de su formación, de su trabajo y de su ascenso público. Era hijo del célebre fotógrafo José L. Demaría López, conocido también como Campúa, y heredó de él no solo un seudónimo profesional, sino una posición de salida en el periodismo gráfico de su tiempo.
Pepe Campùa en su estudio de Madrid
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Se educó en el Liceo Francés de Madrid, y aquella formación dejó huella en su disciplina visual. Hubo un momento, además, en que pareció inclinarse hacia la pintura. Frecuentó el estudio de Joaquín Sorolla, tanteó la composición desde un lugar más plástico que periodístico y aprendió que la luz también puede mandar en una historia. Pero no tardó en entender que su sitio no estaba ante el caballete, sino detrás de la cámara y en mitad del ruido. Muy joven creó la Agencia Express, y desde allí comenzó a colaborar con publicaciones como El Fígaro, Nuevo Mundo, Mundo Gráfico y La Esfera. Ya desde esos años se le ve una condición que no perdería nunca: no era un mero retratista, sino un hombre que entendía la fotografía como noticia, industria y presencia pública.
Campúa padre, Fotógrafo
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El reportero que salió al encuentro del siglo
Como a otros reporteros de su generación, la historia lo sacó pronto del estudio. En 1921 cubrió las campañas de Marruecos, entre ellas la toma del Gurugú, y ese contacto con la guerra lo convirtió en un fotógrafo más rápido, menos ceremonial, más hecho a la intemperie. De allí no volvió solamente con imágenes: volvió con una mirada endurecida, capaz de captar el gesto fugaz y el fondo político de una escena. Ese aprendizaje explica buena parte del Campúa posterior, el que no se arredra ante una cárcel, una plaza de toros, un frente o una calle en estampida.

La gran consagración llegó en 1922. A sus veintidós años fue el único reportero gráfico que acompañó a Alfonso XIII en el viaje a Las Hurdes, en Cáceres, una comarca que para muchos españoles era poco más que una sombra en el mapa. Aquel recorrido entre aldeas miserables, caminos malos y pobreza extrema tuvo una fuerte repercusión pública, y las fotografías de Campúa, publicadas en revistas ilustradas, ayudaron a convertir la visita en una sacudida de conciencia nacional. Su biznieta Cristina Ruiz Fernández y la propia Junta de Extremadura han insistido en ello al recuperar esas imágenes: no se trató solo de acompañar a un rey, sino de poner delante del país un territorio olvidado. Desde entonces Campúa quedó ligado a la iconografía de la monarquía y a una forma nueva de reportaje social.
Campúa, fotógrafo de la Casa Real
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Entre la monarquía, la República y la guerra
La carrera de Campúa atravesó sin descanso la España de Alfonso XIII, la República, la Guerra Civil y el primer franquismo. En 1934 logró uno de esos golpes de reportero que definen una época: fotografió al general Sanjurjo en el penal de El Dueso, en Cantabria, un reportaje comprometido que tuvo recorrido político y judicial. Dos años después, en junio de 1936, participó en la constitución de la Unión de Informadores Gráficos, de la que fue presidente, señal clara de que ya no era un fotógrafo más, sino uno de los hombres con peso en la profesión.

La guerra le partió la vida. Su padre fue asesinado en septiembre de 1936, y Pepe Campúa hubo de refugiarse junto a su esposa en la embajada de Argentina en Madrid. Luego logró salir desde Alicante en el destructor argentino Tucumán, con rumbo a Marsella. A partir de ahí se instaló en la zona sublevada, con San Sebastián como uno de sus centros de trabajo, y continuó ejerciendo como reportero durante la contienda. En 1938 pudo viajar a Roma y fotografiar el bautizo del futuro Juan Carlos I, otra escena que lo sitúa muy cerca de los núcleos simbólicos del poder español del siglo XX.
San Antón 1953 Un perro con su carrito uncido y los niños Pepe Campúa
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El estudio, la fama y el empresario de espectáculos
Terminada la guerra, Campúa reforzó dos facetas que ya convivían en él: la del fotógrafo de estudio y la del empresario del espectáculo. Tuvo estudio en la avenida de José Antonio —la actual Gran Vía— entre 1941 y 1948; en 1949 se trasladó a la calle Bárbara de Braganza, donde siguió trabajando hasta su muerte. Por esos gabinetes desfilaron políticos, actrices, toreros, militares, escritores y figuras del mundo social. Tener un retrato firmado por Campúa equivalía, en cierto modo, a haber pasado por una aduana de prestigio. En aquellos años trabajó con él el fotógrafo húngaro Juan Gyenes, entre 1941 y 1947, antes de abrir su propio estudio.

A la vez, reactivó su actividad como empresario teatral y cinematográfico. Gestionó salas, impulsó noticiarios y levantó una pequeña red de intereses en el mundo del espectáculo madrileño. Su figura no cabe en el molde estrecho del fotógrafo de encargo: fue también promotor, programador, hombre de contactos y proveedor de imágenes para cabeceras como ABC, La Vanguardia y ¡Hola!. Esa versatilidad explica su peso público. Campúa no solo retrataba la vida española: también intervenía en ella, la organizaba y, a veces, la acondicionaba para que resultara visible.
Cabalgata de Reyes en Madrid 1965 Foto Pepe Campúa
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Sombras, poder y supervivencia
Su nombre quedó luego muy asociado al franquismo, en parte porque fue uno de los fotógrafos habituales del régimen y de la familia real en el exilio y en la posguerra. Pero reducirlo a la etiqueta de “fotógrafo de Franco” es simplificar una trayectoria bastante más amplia y llena de pliegues, como ha subrayado la bibliografía reciente. De hecho, en 1942 fue procesado por su antigua vinculación a la logia La Unión, en la que había ingresado en 1928, y pasó por la cárcel de Porlier. La paradoja es de época: un hombre cercano a los centros de poder podía seguir siendo vulnerable ante los aparatos de depuración del mismo sistema que luego lo utilizaría como retratista.

También su vida privada tuvo un aire enrevesado, muy propio de la España de leyes cambiantes y moral vigilante. Se casó en 1925 con Esther Piñerúa Fernández del Nogal, hija del científico Eugenio Piñerúa; más tarde se divorció y volvió a casarse con Emma Viller Guerrero, pero la derogación franquista de la ley republicana del divorcio dejó su situación legal hecha un nudo. Es un detalle menor si se compara con su obra, pero ayuda a devolverle carne y tiempo al personaje. Campúa no fue una firma abstracta, sino un hombre que navegó entre éxitos, pleitos, honores y complicaciones domésticas.
Vaca brava en el barrio de Salamanca foto Campúa
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Campúa y la tauromaquia
La tauromaquia ocupa un lugar importante en su legado, no por cantidad abrumadora, sino por intensidad. Campúa no fue un fotógrafo taurino exclusivo al modo de otros especialistas, pero cuando entró en ese territorio dejó imágenes de primer orden. La más célebre de todas es la tomada el 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina: Ignacio Sánchez Mejías, derrumbado junto al cadáver de Joselito en la enfermería, después de la cogida mortal del toro Bailador. La fotografía se publicó el 19 de mayo en Mundo Gráfico y terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reproducidas y discutidas de la historia taurina española. Hoy la autoría se considera firmemente asentada en Campúa.

Aquella escena no fue una fotografía cualquiera. Fue una condensación brutal de la cultura taurina española: muerte, amistad, parentesco, dolor y representación pública del duelo. Campúa llegó antes que los demás; o, dicho de otro modo, estuvo donde luego todos quisieron haber estado. Además de esa imagen del llanto, firmó también la última fotografía conocida de Joselito con vida en aquella corrida de Talavera, así como otras tomas del cuerpo en la enfermería y del traslado posterior. El libro Joselito, escrito por El Caballero Audaz, utilizó imágenes suyas y contribuyó a fijar visualmente la tragedia para varias generaciones.
Ignacio Sánchez-Mejías junto al cuerpo de Joselito Foto Campúa
Padre Campúa Ignacio Sánchez-Mejías junto al cuerpo de Joselito Foto Campúa.jpg
Su relación con el toreo no terminó ahí. En enero de 1928 fotografió en Madrid uno de los episodios más extraños y castizos del periodo: un toro y una vaca brava escapados recorrieron la ciudad hasta desembocar en la Gran Vía, y allí el matador Diego Mazquiarán “Fortuna” se hizo cargo del animal. Campúa cubrió la escena y prolongó el relato fuera de la urgencia del momento, con entrevista posterior incluida en el Retiro. Ese ojo suyo para entender que la fiesta no terminaba en la estocada, sino que seguía en la calle, en el corrillo y en la leyenda, es lo que da valor añadido a su obra taurina.

Todavía en 1954 volvió a encontrarse con una rareza semejante, cuando fotografió en el barrio de Salamanca el episodio de una vaca brava desmandada abatida por un vecino armado con una navaja, ayudado por otros hombres. La escena parece inventada por un sainete madrileño, pero forma parte de ese repertorio de sucesos urbanos en los que Campúa supo ver el parentesco entre calle y plaza. Por eso sus fotografías taurinas, aunque menos numerosas que sus reportajes políticos o sociales, siguen teniendo tanta fuerza: no muestran solo la lidia, sino el país que respiraba alrededor de ella.

El peso de una firma

Campúa murió en Madrid en 1975. Pocos meses después moría Franco, y con ese doble final parecía cerrarse de golpe una larga época española. Su estudio se cerró y el archivo quedó en silencio durante décadas, hasta que la familia comenzó su recuperación en el siglo XXI. Esa recuperación, junto con exposiciones, documentales y libros, ha permitido devolverle su medida real: la de un pionero del fotoperiodismo español, un profesional de enorme olfato, un empresario con instinto y un personaje público que se movió con soltura entre reyes, generales, artistas, toreros y ciudadanos corrientes.

Su importancia no está solo en haber fotografiado a los poderosos ni en haber dejado imágenes memorables de la guerra o de la tauromaquia. Está también en algo más difícil de lograr: convirtió una firma familiar en un sello personal, atravesó medio siglo de historia española sin dejar de estar en primera línea y ayudó a enseñar a varias generaciones cómo podía verse su tiempo en blanco y negro. Pepe Campúa fue, en el fondo, eso: un hombre que convirtió la actualidad en memoria.