Alberto Corazón: un madrileño con la cabeza llena de signos
Alberto Corazón (Madrid, 21 de enero de 1942 – Madrid, 10 de febrero de 2021) fue uno de esos creadores que, sin alzar la voz, cambian el paisaje de un país. Diseñador, editor, artista plástico y pensador de la comunicación visual, se convirtió en una referencia del diseño español en el tramo en que España aprendía a mirarse de otra manera: la salida del franquismo, la construcción de instituciones democráticas y la necesidad de una nueva iconografía pública. Su firma terminó siendo omnipresente sin resultar invasiva: estaba en la calle, en el libro, en el transporte, en el edificio oficial; y, para quien supo mirar, también estaba en el ruedo, donde llevó el cartel taurino a un territorio de síntesis y riesgo formal.
Alberto Corazón, Carteles
Formación y primer oficio: ordenar el caos
Nació en una posguerra madrileña de grises prácticos, pero muy pronto empezó a buscar una “gramática” propia para el mundo. Entre 1960 y 1965 cursó estudios de Sociología y Ciencias Económicas en la universidad madrileña, mientras se formaba en dibujo y pintura y se acercaba a los ambientes intelectuales donde la edición y el diseño eran, además, una forma de respiración cultural. Ese doble impulso —pensamiento y mano— lo empujó a la aventura editorial: en 1965 cofundó la editorial Ciencia Nueva, especializada en ensayo y pensamiento, que acabaría clausurada por la censura en 1970. Años después recordaría ese cierre como una lección acelerada: entendió que el diseño no solo adorna ideas, también las vuelve circulantes, y por eso mismo puede incomodar.
Alberto Corazón Logotipos
En aquel arranque hubo un episodio que suele citarse como su “bautismo” profesional: la maquetación del semanario El Caso. No era el lugar romántico para un futuro académico, pero sí el mejor gimnasio: titulares tensos, imágenes duras, urgencia de página. Aprendió, ahí, a domesticar el ruido sin mentir: a dar jerarquía, aire, sentido. Ese aprendizaje de trinchera lo acompañó siempre, incluso cuando sus encargos fueron institucionales y su mesa se llenó de comités, protocolos y burocracias.
El “hombre de los mil logos” y la España que se rehace
Desde mediados de los sesenta y, sobre todo, durante los setenta, ochenta y noventa, Corazón levantó una de las trayectorias más influyentes del diseño español: identidades visuales, marcas institucionales, sistemas de señalización, cartelería cultural, diseño editorial. A su alrededor se consolidó la idea de que el diseño era una disciplina con método, con responsabilidad pública y con capacidad de construir memoria colectiva. Entre los trabajos que más han circulado en la vida cotidiana figuran identidades asociadas a ONCE, Paradores, Renfe Cercanías o la Biblioteca Nacional, entre muchas otras instituciones. Esa acumulación de signos le valió el apodo —tan exacto como tramposo— de “el hombre de los mil logos”: exacto por la cantidad, tramposo porque reduce a “logo” lo que, en él, casi siempre fue sistema, lenguaje y cultura.
Alberto Corazón, Corrales de comedias
En 1986, por ejemplo, diseñó el Manual de Identidad Corporativa del Consorcio Regional de Transportes de Madrid: no un simple documento de marca, sino una forma de ordenar ciudad, señales y usos. Lo llamativo es que, décadas después, se subrayó públicamente que buena parte de aquel manual seguía siendo vigente: el elogio más raro y más valioso para un diseñador, porque habla de claridad y de duración.
Su reconocimiento institucional llegó pronto: en 1989 recibió el Premio Nacional de Diseño, que consolidó su posición como referente de un diseño español moderno. Más tarde ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, un gesto simbólico de enorme calado: el diseño, por fin, entraba de pleno derecho en una casa históricamente reservada a “las artes grandes”.
Alberto Corazón, Autorretrato
El artista plástico: del papel al volumen, del signo al territorio
Quien se queda solo con el diseñador pierde al otro Corazón, quizá el más íntimo: el artista que trabajó la pintura, la escultura y la obra pública como una prolongación natural de su pensamiento visual. Participó en contextos internacionales del arte de su tiempo y su obra se movió entre geometrías, estructuras, luz y sombra, con una obsesión constante por la medida y el espacio. Ese impulso se vio también en su relación con la ciudad: obras y proyectos que funcionan como hitos, como señales habitables, donde la mirada del diseñador se vuelve cuerpo y recorrido.
Falleció en Madrid el 10 de febrero de 2021, a los 79 años. En los textos de despedida se repitió una idea: su legado no era solo una obra, era un modo de mirar. Y, en su caso, mirar equivalía a poner orden sin apagar la emoción.
Alberto Corazón, Cartel Taurino
Tauromaquia: el toro como arquetipo y el cartel como plaza pública
La tauromaquia no fue para Alberto Corazón un motivo decorativo, sino un campo de tensión cultural: tradición frente a modernidad, rito frente a propaganda, emoción frente a cliché. Sus carteles taurinos —según relatan quienes siguieron esa línea de trabajo— rompieron con el costumbrismo repetido y apostaron por la síntesis: siluetas, contrastes, vacíos, tipografías rotundas, composiciones con riesgo. Le interesaba el toro como forma total: masa, dirección, fuerza; y le interesaba el ruedo como geometría casi perfecta, un círculo donde todo se juega a la vista y, al mismo tiempo, en silencio.
Alberto Corazón, El acantilado del tren mineral
Participó en iniciativas que proponían repensar el cartel taurino desde el diseño contemporáneo, defendiendo que un cartel no debía limitarse a “vender” la corrida: tenía que detener al paseante, hacerlo mirar, introducir una pregunta. En ese punto, su obra taurina se entiende mejor si se mira junto a su obra institucional: el mismo impulso por condensar, por hacer legible una emoción compleja sin convertirla en postal.
Alberto Corazón, Corrida de la Beneficencia, 1996
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