200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
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200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Manuel Castellano fue el nombre artístico de Manuel Blas Rodríguez Castellano de la Parra, nacido y muerto en Madrid. (3 de febrero de 1826 y el 3 de abril de 1880). Más allá del calendario, lo decisivo es que su vida discurre entera entre un Madrid que se moderniza a trompicones y una cultura popular que, en el XIX, todavía se entiende a sí misma en plazas, teatros, cafés… y toros.
Formación: la disciplina del dibujo y el gusto por lo real
Se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde el dibujo era ley y el oficio, religión. Allí recibió el magisterio —directo o por influencia— de los José de Madrazo y Federico de Madrazo, y se empapó de una forma de mirar que exigía precisión, anatomía, composición y una idea clara: antes de emocionar, hay que sostener el cuadro.
Manuel Castellano, Suerte de varas Aquella base académica no lo encerró; al contrario, le dio cuerda. Castellano fue de los que aprendieron la técnica para poder salirse luego por la tangente. Su inclinación hacia el costumbrismo madrileño aparece pronto: calles, ambientes, tipos, escenas donde la ciudad se reconoce a sí misma. Y, en paralelo, su gusto por el drama romántico, ese filo de sombra que atraviesa lo popular cuando el artista deja de mirar “lo pintoresco” y empieza a mirar “lo humano”.
El taller, el Estado y los grandes techos
Todavía joven, trabajó como ayudante de Carlos Luis de Ribera en la decoración del techo del salón de sesiones del Congreso de los Diputados. La experiencia, más allá del prestigio, lo obligó a pensar en grande: figuras en escorzo, narración coral, arquitectura pintada, ritmo de masas. Ese aprendizaje de “escena compleja” le vendría después como anillo al dedo cuando pintara plazas abarrotadas, patios de caballos o momentos previos a una corrida donde todo ocurre a la vez.
Manuel Castellano Jocinero de Miura, 1859 La doble vida del pintor: historia y costumbres
Castellano vivió en el cruce de dos caminos. Por un lado, la pintura de historia, el género más premiado, el que daba medallas, encargos y visibilidad oficial. Por otro, la pintura de costumbres, que lo acercaba al pulso real de la ciudad y le permitía ejercer su mirada de cronista.
En las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes obtuvo reconocimientos que consolidaron su nombre. Presentó obras históricas como La muerte de Daoíz y Velarde (premiada con tercera medalla en 1862), Prisión de don Fernando Valenzuela (tercera medalla en 1866) o Muerte del conde de Villamediana (tercera medalla en 1868, hoy vinculada al Museo de Historia de Madrid). En esas composiciones se ve su capacidad para teatralizar la historia sin convertirla en cartón piedra: tensión narrativa, gesto expresivo, gusto por el instante culminante.
Pero si la historia le daba medallas, el costumbrismo le daba algo más difícil de comprar: una voz propia. Y ahí, la tauromaquia no fue un “asunto”, sino un territorio natural.
Manuel Castellano, Muerte en la plaza, óleo sobre lienzo La tauromaquia como mirada: el antes, el alrededor, la verdad
Cuando se dice que Castellano fue “muy taurino” no se habla solo de iconografía, sino de conocimiento. No pinta el toro como quien pinta un caballo de memoria; lo mira con atención, lo estudia. Tampoco pinta al torero como estampa ideal: le interesa el cansancio, el detalle del traje usado, la conversación en corrillos, la tensión previa. Su gran hallazgo es entender que, en el mundo del toro, la emoción no empieza con el primer capotazo: empieza mucho antes.
En 1853 realizó su obra más citada, Patio de caballos de la plaza de toros de Madrid, conservada en el Museo del Prado. Es un cuadro que no necesita sangre para ser taurino. El protagonismo lo tiene el ambiente: caballos, toreros, picadores, miradas, preparativos, jerarquías. Es, literalmente, el instante en que aún no ha pasado “nada”… y sin embargo ya está pasando todo.
Ese lienzo fija también un Madrid taurino ya desaparecido: la antigua plaza junto a la Puerta de Alcalá, derribada en 1874. La pintura, sin proponérselo, acabó convirtiéndose en documento: una forma de conservar una arquitectura efímera y un clima social que la ciudad se llevó por delante.
Manuel Castellano, Alfonso I, 1858 Toreros, aficionados y un nombre propio: Marraci
En torno a aquel cuadro se concentran varias claves. Una es el deseo de retratar personajes reconocibles del mundo taurino —diestros célebres y cuadrillas— con un realismo que los aficionados agradecen porque “se ven”. Otra es la inclusión del aficionado Marraci, figura que aparece en los textos como conocedor influyente del ambiente taurino madrileño. Que Castellano lo sitúe en el cuadro dice mucho: para él, la tauromaquia no se agota en el torero; también es afición, criterio, conversación, memoria oral.
Ilustración, grabado y prensa: el artista que circula
Además del óleo, Castellano trabajó como grabador, litógrafo e ilustrador en publicaciones de su tiempo, llevando escenas costumbristas —también taurinas— a un público más amplio que el del salón o el museo. Esa faceta es importante porque explica su forma de componer: sabe contar una historia en una sola imagen, sabe colocar el detalle significativo, sabe “narrar” sin necesidad de subrayados.
Manuel Castellano, Prisión de don Fernando de Valenzuela, 1858 El coleccionista: un archivo del siglo XIX
Su otra gran pasión, casi paralela a la pintura, fue coleccionar. Y aquí Castellano se vuelve una figura excepcional: reunió miles de estampas, dibujos, autógrafos y, sobre todo, una colección fotográfica gigantesca, conocida como la Colección Castellano, que alcanzó más de 22.000 fotografías fechadas entre 1852 y 1876 (con especial concentración entre 1855 y 1870). Retratos de artistas, escritores, músicos, vistas urbanas, tipos sociales: el álbum de una época.
En 1871 se produjo un episodio revelador: el canje con la Biblioteca Nacional de España, entonces dirigida por Juan Eugenio de Hartzenbusch. La institución no nadaba en dinero, pero sí tenía duplicados de grabados y estampas. Castellano aceptó el intercambio y el resultado fue histórico: el Estado incorporó un tesoro documental sin gastar lo que no tenía, y él siguió alimentando su gabinete con piezas nuevas.
Manuel Castellano, Picadores, lápiz sobre papel Esa parte de su biografía lo retrata entero: artista con ojo de archivista, romántico con instinto de conservador. No colecciona por capricho: colecciona porque entiende que el tiempo borra, y él quiere resistirse.
Roma, Italia, París: la última etapa y el regreso
En 1875 obtuvo una pensión para ampliar estudios en la Academia Española de Roma. Viajó a Italia y pasó por Venecia, donde copió una obra de Vittore Carpaccio, ejercicio habitual de aprendizaje. También estuvo en París, donde realizó obras históricas como Juramento de las tropas del marqués de la Romana. Aun fuera, su mirada siguió siendo española: el viaje le da recursos, pero no le cambia la obsesión principal.
En 1880 regresó enfermo a Madrid y falleció poco después. Su final fue discreto, como si la ciudad ya estuviera mirando hacia otras modas, otros realismos, otras urgencias. Pero su legado quedó repartido en museos y archivos: pinturas, dibujos, estampas y ese inmenso depósito de memoria visual que hoy permite reconstruir un siglo entero con más precisión.
Patio de la cuadra de caballos de la plaza de toros, antes de una corrida Manuel Castellano Una obra taurina que es también una obra sobre Madrid
Mirado con calma, Castellano no solo pinta toros: pinta el entramado social que los hace posibles. La plaza como teatro popular, el patio de caballos como antesala dramática, la chulería como lenguaje, el gesto serio del profesional, el curioso que se asoma donde no debe, el militar que impone un límite. Hay en su obra una idea de España —castiza, contradictoria, orgullosa y a veces oscura— que el romanticismo entendía bien y que el costumbrismo supo fijar.
Por eso su tauromaquia no envejece como estampa: envejece como documento. Y un documento, cuando está bien mirado, siempre vuelve.
Manuel Castellano fue el nombre artístico de Manuel Blas Rodríguez Castellano de la Parra, nacido y muerto en Madrid. (3 de febrero de 1826 y el 3 de abril de 1880). Más allá del calendario, lo decisivo es que su vida discurre entera entre un Madrid que se moderniza a trompicones y una cultura popular que, en el XIX, todavía se entiende a sí misma en plazas, teatros, cafés… y toros.
Formación: la disciplina del dibujo y el gusto por lo real
Se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde el dibujo era ley y el oficio, religión. Allí recibió el magisterio —directo o por influencia— de los José de Madrazo y Federico de Madrazo, y se empapó de una forma de mirar que exigía precisión, anatomía, composición y una idea clara: antes de emocionar, hay que sostener el cuadro.
Manuel Castellano, Suerte de varas Aquella base académica no lo encerró; al contrario, le dio cuerda. Castellano fue de los que aprendieron la técnica para poder salirse luego por la tangente. Su inclinación hacia el costumbrismo madrileño aparece pronto: calles, ambientes, tipos, escenas donde la ciudad se reconoce a sí misma. Y, en paralelo, su gusto por el drama romántico, ese filo de sombra que atraviesa lo popular cuando el artista deja de mirar “lo pintoresco” y empieza a mirar “lo humano”.
El taller, el Estado y los grandes techos
Todavía joven, trabajó como ayudante de Carlos Luis de Ribera en la decoración del techo del salón de sesiones del Congreso de los Diputados. La experiencia, más allá del prestigio, lo obligó a pensar en grande: figuras en escorzo, narración coral, arquitectura pintada, ritmo de masas. Ese aprendizaje de “escena compleja” le vendría después como anillo al dedo cuando pintara plazas abarrotadas, patios de caballos o momentos previos a una corrida donde todo ocurre a la vez.
Manuel Castellano Jocinero de Miura, 1859 La doble vida del pintor: historia y costumbres
Castellano vivió en el cruce de dos caminos. Por un lado, la pintura de historia, el género más premiado, el que daba medallas, encargos y visibilidad oficial. Por otro, la pintura de costumbres, que lo acercaba al pulso real de la ciudad y le permitía ejercer su mirada de cronista.
En las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes obtuvo reconocimientos que consolidaron su nombre. Presentó obras históricas como La muerte de Daoíz y Velarde (premiada con tercera medalla en 1862), Prisión de don Fernando Valenzuela (tercera medalla en 1866) o Muerte del conde de Villamediana (tercera medalla en 1868, hoy vinculada al Museo de Historia de Madrid). En esas composiciones se ve su capacidad para teatralizar la historia sin convertirla en cartón piedra: tensión narrativa, gesto expresivo, gusto por el instante culminante.
Pero si la historia le daba medallas, el costumbrismo le daba algo más difícil de comprar: una voz propia. Y ahí, la tauromaquia no fue un “asunto”, sino un territorio natural.
Manuel Castellano, Muerte en la plaza, óleo sobre lienzo La tauromaquia como mirada: el antes, el alrededor, la verdad
Cuando se dice que Castellano fue “muy taurino” no se habla solo de iconografía, sino de conocimiento. No pinta el toro como quien pinta un caballo de memoria; lo mira con atención, lo estudia. Tampoco pinta al torero como estampa ideal: le interesa el cansancio, el detalle del traje usado, la conversación en corrillos, la tensión previa. Su gran hallazgo es entender que, en el mundo del toro, la emoción no empieza con el primer capotazo: empieza mucho antes.
En 1853 realizó su obra más citada, Patio de caballos de la plaza de toros de Madrid, conservada en el Museo del Prado. Es un cuadro que no necesita sangre para ser taurino. El protagonismo lo tiene el ambiente: caballos, toreros, picadores, miradas, preparativos, jerarquías. Es, literalmente, el instante en que aún no ha pasado “nada”… y sin embargo ya está pasando todo.
Ese lienzo fija también un Madrid taurino ya desaparecido: la antigua plaza junto a la Puerta de Alcalá, derribada en 1874. La pintura, sin proponérselo, acabó convirtiéndose en documento: una forma de conservar una arquitectura efímera y un clima social que la ciudad se llevó por delante.
Manuel Castellano, Alfonso I, 1858 Toreros, aficionados y un nombre propio: Marraci
En torno a aquel cuadro se concentran varias claves. Una es el deseo de retratar personajes reconocibles del mundo taurino —diestros célebres y cuadrillas— con un realismo que los aficionados agradecen porque “se ven”. Otra es la inclusión del aficionado Marraci, figura que aparece en los textos como conocedor influyente del ambiente taurino madrileño. Que Castellano lo sitúe en el cuadro dice mucho: para él, la tauromaquia no se agota en el torero; también es afición, criterio, conversación, memoria oral.
Ilustración, grabado y prensa: el artista que circula
Además del óleo, Castellano trabajó como grabador, litógrafo e ilustrador en publicaciones de su tiempo, llevando escenas costumbristas —también taurinas— a un público más amplio que el del salón o el museo. Esa faceta es importante porque explica su forma de componer: sabe contar una historia en una sola imagen, sabe colocar el detalle significativo, sabe “narrar” sin necesidad de subrayados.
Manuel Castellano, Prisión de don Fernando de Valenzuela, 1858 El coleccionista: un archivo del siglo XIX
Su otra gran pasión, casi paralela a la pintura, fue coleccionar. Y aquí Castellano se vuelve una figura excepcional: reunió miles de estampas, dibujos, autógrafos y, sobre todo, una colección fotográfica gigantesca, conocida como la Colección Castellano, que alcanzó más de 22.000 fotografías fechadas entre 1852 y 1876 (con especial concentración entre 1855 y 1870). Retratos de artistas, escritores, músicos, vistas urbanas, tipos sociales: el álbum de una época.
En 1871 se produjo un episodio revelador: el canje con la Biblioteca Nacional de España, entonces dirigida por Juan Eugenio de Hartzenbusch. La institución no nadaba en dinero, pero sí tenía duplicados de grabados y estampas. Castellano aceptó el intercambio y el resultado fue histórico: el Estado incorporó un tesoro documental sin gastar lo que no tenía, y él siguió alimentando su gabinete con piezas nuevas.
Manuel Castellano, Picadores, lápiz sobre papel Esa parte de su biografía lo retrata entero: artista con ojo de archivista, romántico con instinto de conservador. No colecciona por capricho: colecciona porque entiende que el tiempo borra, y él quiere resistirse.
Roma, Italia, París: la última etapa y el regreso
En 1875 obtuvo una pensión para ampliar estudios en la Academia Española de Roma. Viajó a Italia y pasó por Venecia, donde copió una obra de Vittore Carpaccio, ejercicio habitual de aprendizaje. También estuvo en París, donde realizó obras históricas como Juramento de las tropas del marqués de la Romana. Aun fuera, su mirada siguió siendo española: el viaje le da recursos, pero no le cambia la obsesión principal.
En 1880 regresó enfermo a Madrid y falleció poco después. Su final fue discreto, como si la ciudad ya estuviera mirando hacia otras modas, otros realismos, otras urgencias. Pero su legado quedó repartido en museos y archivos: pinturas, dibujos, estampas y ese inmenso depósito de memoria visual que hoy permite reconstruir un siglo entero con más precisión.
Patio de la cuadra de caballos de la plaza de toros, antes de una corrida Manuel Castellano Una obra taurina que es también una obra sobre Madrid
Mirado con calma, Castellano no solo pinta toros: pinta el entramado social que los hace posibles. La plaza como teatro popular, el patio de caballos como antesala dramática, la chulería como lenguaje, el gesto serio del profesional, el curioso que se asoma donde no debe, el militar que impone un límite. Hay en su obra una idea de España —castiza, contradictoria, orgullosa y a veces oscura— que el romanticismo entendía bien y que el costumbrismo supo fijar.
Por eso su tauromaquia no envejece como estampa: envejece como documento. Y un documento, cuando está bien mirado, siempre vuelve.
Un foro
es mejor que twitter, mejor que facebook, mejor que instagram... ¿por qué? Este foro es taurino; las redes sociales son antis
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Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Dicen que, siendo casi un muchacho, vio una de esas tardes en la vieja plaza de madera junto a la Puerta de Alcalá en las que el toreo “se hacía” de otra manera: menos dependencia del caballo, más faena a pie. Volvió a casa con el cuerpo encendido y el cuaderno lleno.
Y al currele !
Y al currele !
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Para pintar el patio de caballos no se conformó con una visita. Se instaló a ratos, día tras día, como quien aprende un oficio ajeno. Al principio lo miraban de reojo; a la semana, ya era parte del paisaje.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Tenía un vicio noble: el detalle. Si un caballo llevaba el peto marcado, él lo quería marcado. Si el traje no estaba recién bordado, mejor. Le interesaba la verdad del uso, no el brillo de escaparate.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Su amistad con Marraci fue de esas amistades prácticas y largas: conversación, criterio, correcciones. Castellano preguntaba, Marraci afinaba. El pintor salía con una idea clara de la suerte… y del ambiente.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Hay una escena secundaria en su gran cuadro: unos curiosos intentando asomarse desde fuera, frenados por un militar. Ese detalle, casi humorístico, vale por una crónica: el toro atraía incluso a quien no tenía entrada.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
En su casa, el hambre competía con el hallazgo. Se cuenta —con media sonrisa y media pena— que era capaz de comprar una estampa rara antes que darse un buen plato. El coleccionista le ganaba al estómago.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
En 1871, cuando la Biblioteca no podía pagar, se inventaron una solución: un canje. Él entregó su tesoro fotográfico; recibió estampas duplicadas. Fue un trueque elegante y, con el tiempo, un salvavidas para la memoria del siglo XIX.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Incluyó dos perros en el patio de caballos y, con ello, abrió una puerta a interpretaciones insospechadas: años después alguien quiso ver en esos animales una pista sobre el origen de una raza. Castellano quizá solo pensaba esto: sin perros, la escena no respira.
Re: 200 años. Un pintor entre el ruedo y la historia: Manuel Castellano (1826-1880)
Aunque lo taurino le daba popularidad, él también quería medirse en la historia, donde estaban las medallas. Preparaba esos cuadros como un director de escena: bocetos, estudios, correcciones, y una discusión casi obsesiva con las crónicas para colocar cada gesto en su sitio.
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