Diego Mazquiarán 'Fortuna': valor, acero y leyenda urbana de un torero vasco
Diego Mazquiarán Torróntegui nació en Sestao (Vizcaya) el 20 de febrero de 1895, hijo de labradores navarros emigrados al cinturón industrial vasco. Creció entre humo de fundición y ruido de hierro, un paisaje poco propicio para el toreo. Sin embargo, el muchacho prefirió el riesgo de la arena al jornal seguro de los Altos Hornos.
Su vocación nació en capeas del norte. Pronto se lanzó como espontáneo en Bilbao, con frecuentes visitas al calabozo. Aquellas escapadas no eran rebeldía juvenil: eran la obstinación de quien había decidido jugarse la vida para ser torero.
El nacimiento de “Fortuna”
El apodo no surgió de un lance artístico, sino de un accidente ferroviario en Valladolid. Viajaba como maletilla con su amigo Tomás Gutiérrez cuando un tren en sentido contrario lo arrolló mortalmente. Diego sobrevivió milagrosamente. Un testigo exclamó que aquel muchacho tenía fortuna. El nombre quedó sellado para siempre. El episodio marcó su carácter: una mezcla de fatalismo, audacia y desprecio por el peligro.
Diego Mazquiarán texto y foto Sestao historia
Sevilla, pan y aprendizaje con los Gallos
En Sevilla sobrevivió repartiendo pan. Entre sus clientes estaban los hermanos Gómez Ortega, la dinastía de los Gallos. Aquella cercanía le permitió observar el toreo desde dentro y pulir un estilo serio, directo y sin adornos. Pero su temperamento independiente lo empujó pronto a la vida de maletilla, entrando de noche en ganaderías y aprendiendo con el ganado bravo.
Novillero de impacto y primera notoriedad
Debutó con picadores el 22 de septiembre de 1912 en Bilbao. Su valor seco y su dominio de los terrenos llamaron la atención. En 1914 debutó en Madrid y entre 1915 y 1916 se consolidó como novillero destacado. El 14 de marzo de 1915 cortó una oreja en Madrid, convirtiéndose en el primer novillero que lograba tal trofeo en la capital. Emocionado, renunció a ella; el público lo sacó en hombros.
La alternativa y la edad de oro
Tomó la alternativa el 17 de septiembre de 1916 en Madrid, con
Rafael Gómez “El Gallo” como padrino y
Alfonso Cela “Celita” de testigo. Entraba en el escalafón en plena edad de oro, compartiendo carteles con Joselito, Belmonte e Ignacio Sánchez Mejías. Nunca fue figura absoluta, pero sí torero respetado y habitual en ferias de primera categoría.
Un estoqueador temido y respetado
Su sello fue la estocada a volapié. Ejecutaba la suerte suprema con precisión quirúrgica, lo que le convirtió en uno de los mejores estoqueadores de su tiempo. Con la muleta era poderoso y sobrio. No buscaba adornos: imponía dominio. Su toreo podía parecer austero, pero transmitía verdad.
Las grandes plazas y América
Participó en la inauguración de la
Monumental de Sevilla en 1918 junto a Joselito. Toreó en
Madrid,
Bilbao,
Valencia,
Zaragoza y
Barcelona, donde dejó actuaciones de gran firmeza. En 1924 debutó en México y consolidó prestigio en América. Lima, Caracas y otras plazas lo recibieron como un matador eficaz y valiente.
Cartel inaugural de la plaza de toros de Las Ventas

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El honor de Las Ventas
El 17 de junio de 1931 participó en la inauguración de la plaza de toros de
Las Ventas, lidió el primer toro y quedó inscrito en la historia del coso madrileño. Pocos toreros pueden presumir de abrir una plaza destinada a convertirse en la primera del mundo.
El toro de la Gran Vía: cuando el toreo salió a la calle
El 23 de enero de 1928 (algunas crónicas citan el día 24), un toro escapado del matadero sembró el pánico en Madrid. Tras herir a varios transeúntes, llegó a la Gran Vía. Fortuna paseaba con su esposa. La apartó, se quitó el abrigo y comenzó a torear al animal en pleno asfalto. Pidió un estoque. Rechazó un sable militar por inadecuado. Durante quince minutos lidió al toro con su gabardina mientras un mozo corría a su casa por la espada. Cuando la tuvo en la mano, entró a matar con serenidad y precisión. El toro cayó. Y Madrid estalló en olés.
Las famosas estocadas de “Fortuna” Foto Vandel, Biblioteca Regional de Madrid
Una faena urbana convertida en leyenda
El público lo sacó a hombros hasta el
Café Regina. Desde balcones y escaparates llovían pañuelos blancos. Dependientas, transeúntes y policías celebraban al torero que había devuelto la calma a la ciudad. Por esta hazaña recibió la Cruz de la Orden Civil de la Beneficencia. Aquel día el toreo abandonó el ruedo y entró en la historia urbana.
Temperamento, excesos y heridas invisibles
Su carácter volcánico le ocasionó altercados y detenciones. No bebía ni jugaba, pero su vida sentimental y su temperamento impulsivo alimentaron una reputación turbulenta. Las cogidas y traumatismos acumulados deterioraron su salud mental. Lo que entonces se llamaba “ataques de nervios” interrumpía faenas y afectaba su vida social.
El declive y el exilio americano
A partir de finales de los años veinte su carrera entró en declive. Viajó con frecuencia a América buscando oportunidades y tranquilidad. En Lima mantuvo relación con el ambiente taurino y transmitió conocimientos a jóvenes promesas.
Últimos años y muerte en Lima
Su enfermedad mental se agravó. Fue internado en un sanatorio de Lima, donde murió el 29 de abril de 1940, a los cuarenta y cinco años. Lejos de España, el héroe de la Gran Vía se apagó en silencio.
Un torero de acero y destino trágico
Diego Mazquiarán “Fortuna” no fue un revolucionario del toreo, pero encarnó el valor sin retórica. Fue estoqueador certero, lidiador honesto y protagonista de la faena más insólita jamás vista fuera de una plaza. Aquel día en que Madrid gritó olé en plena calle, el traje de luces no estaba presente. Pero el torero sí. Y eso bastó para hacerlo eterno.