Maricarmen: el alquiler barato y los impuestos para otros
Comprar una vivienda exige algo más que pagar su precio: también hay que afrontar los impuestos de la adquisición. Muchas madrileñas, como esas Nines o Elena que todos conocemos, han tenido que ahorrar durante años para cubrir ambos gastos. Maricarmen disfrutaba de una situación mucho más cómoda: vivía en un piso de lujo con una renta antigua cuatro o cinco veces inferior al alquiler de mercado.
La diferencia era considerable. Por cada cuatro o cinco euros que habría costado alquilar una vivienda equivalente a precio de mercado, Maricarmen pagaba uno. Mes tras mes, aquel contrato le proporcionaba un ahorro que otras madrileñas no tenían a su alcance.
Maricarmen tuvo ocasión de comprar la vivienda, pero mantuvo el alquiler. Comprar habría supuesto desembolsar el precio y pagar los impuestos correspondientes. Seguir como inquilina le permitía conservar su dinero y continuar disfrutando de una vivienda de lujo por una renta extraordinariamente baja. Desde el punto de vista de su bolsillo, la ventaja resulta evidente.
Nines y Elena, si compraban, pagaban la vivienda y los impuestos de adquisición; si alquilaban a precio de mercado, soportaban una mensualidad muy superior. Maricarmen conservaba una tercera posibilidad, mucho más favorable: seguir viviendo de alquiler con unas condiciones que aquellas otras madrileñas difícilmente podían conseguir.
¿Era una decisión económicamente comprensible? Desde luego. ¿Era un ejemplo de solidaridad? Cuesta presentarla así. Maricarmen aprovechó una ventaja particular y preservó su bolsillo. Mientras otras compradoras afrontaban el precio de una vivienda y su factura fiscal, ella mantenía un alquiler excepcionalmente barato. La solidaridad de esa elección queda abierta a discusión; su conveniencia económica, mucho menos.
Maricarmen: el alquiler barato y los impuestos para otros
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