António Lobo Antunes, entre la guerra, la memoria y el rito del toro

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António Lobo Antunes, entre la guerra, la memoria y el rito del toro

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António Lobo Antunes, entre la guerra, la memoria y el rito del toro

Orígenes, familia y vocación
António Lobo Antunes nació en Lisboa, en el barrio de Benfica, el 1 de septiembre de 1942, en el seno de una familia culta, exigente y bien situada. Su padre, João Alfredo Lobo Antunes, fue un neurólogo de gran prestigio, ligado a la tradición científica portuguesa del siglo XX. En aquella casa había libros, conversación y disciplina; también una idea bastante clara de lo que debía ser un hijo serio. El muchacho, sin embargo, había resuelto pronto su batalla íntima: quería escribir.

Estudió en el Liceu Camões y más tarde cursó Medicina en la Universidade de Lisboa. Después se especializó en Psiquiatría, una elección que no fue un desvío de la literatura, sino casi una antesala. El consultorio, la escucha, el temblor de la conciencia, la máscara social y la grieta interior acabarían entrando de lleno en sus novelas. Trabajó como psiquiatra en el Hospital Miguel Bombarda, uno de los lugares decisivos de su formación humana.
António Lobo Antunes y su biblioteca
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Angola: la herida que se volvió literatura
Entre 1971 y 1973 fue movilizado como médico militar para la guerra colonial en Angola. Pasó por enclaves como Chiúme, Lumbala Guimbo y Malanje. Aquella experiencia lo atravesó para siempre. No volvió de África un médico con recuerdos duros, sino un hombre roto por dentro y, al mismo tiempo, un escritor ya encendido. La guerra, el miedo, el absurdo del imperio y la soledad de los hombres jóvenes enviados a una violencia que no entendían se convirtieron en la gran cantera moral y estética de su obra.

De aquella etapa nacieron, directa o indirectamente, libros esenciales como Memória de Elefante, Os Cus de Judas y Conhecimento do Inferno. En esas páginas no sólo comparece la guerra: comparece la descomposición de una generación, la culpa portuguesa, el cuerpo humillado, el recuerdo que no se deja mandar y una prosa que ya desde el principio quiso decirlo todo a la vez, como si callar una sola capa de realidad fuese traicionar la verdad.
António Lobo Antunes, Memoria de elefante
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El novelista de la memoria desgarrada
En 1979 publicó Memória de Elefante. Fue el comienzo visible de una de las aventuras literarias más densas y personales de la narrativa europea contemporánea. Poco después llegaron otras novelas decisivas y, con ellas, esa voz inconfundible hecha de respiración larga, monólogo roto, memoria en espiral, escenas que se abren unas dentro de otras y una música verbal que a veces parece venir de Faulkner, otras de Céline, y al final sólo pertenece a Lobo Antunes.

A partir de 1985 se entregó de lleno a la literatura. Publicó durante décadas novelas y crónicas, muchas de ellas aparecidas en la revista Visão, y construyó una obra traducida a numerosas lenguas. Recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Jerusalén, el Premio Camões en 2007 y el Premio Juan Rulfo. Durante años fue citado como candidato al Premio Nobel, aunque la posteridad, en su caso, no depende de una medalla sueca, sino del temblor que dejan sus libros en el lector.
Antonio Lobo Antunes En el culo del mundo
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Una obra mayor
Su literatura giró una y otra vez sobre algunos núcleos innegociables: la guerra de Angola, la decadencia de la burguesía lisboeta, la familia como teatro del daño, la memoria como enfermedad y la ternura como relámpago tardío. Publicó títulos fundamentales como Fado Alexandrino, As Naus, O Manual dos Inquisidores, Eu Hei-de Amar uma Pedra y O Tamanho do Mundo. Fue también un formidable cronista: en sus textos breves cabía el país entero, desde la infancia hasta la decrepitud, desde la ironía hasta la compasión más seca.

La tauromaquia: una pasión seria, no un adorno
En António Lobo Antunes la tauromaquia no fue un detalle pintoresco ni un capricho de aficionado, sino una parte real de su educación sentimental e intelectual. Él mismo contó que la fascinación le venía de una corrida vista en Barcelona cuando era niño, con Luis Miguel Dominguín en el cartel. Lo marcaron la sangre, los caballos todavía sin la protección moderna y esa extraña mezcla de belleza, espanto y ceremonia. Desde entonces leyó cuanto pudo sobre el mundo del toro y vio en él una verdad trágica que la cultura contemporánea prefiere muchas veces disimular.

Qué caballos son aquellos... Antonio Lobo Antunes
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Le interesaba especialmente la estructura de la lidia. No habló de ella como quien comenta un espectáculo, sino como quien ha encontrado una forma. Dijo con claridad que la corrida era una estructura perfecta para una novela, y esa convicción cristalizó de manera memorable en ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?, donde la materia taurina no es decorado, sino respiración interna del libro. La familia, la espera de la muerte, la violencia heredada y el rito aparecen ahí trabados por una lógica de tercios, de avance inexorable, de fatalidad ceremonial.
António Lobo Antunes La última puerta antes de la noche
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António Lobo Antunes La última puerta antes de la noche.jpg (30.52 KiB) Visto 178 veces
También le atraía la dimensión antigua del toro: el eco de los ritos paganos, la persistencia de lo ancestral en la frontera entre Portugal y España, la certeza de que en la plaza sobreviven preguntas que la modernidad no ha resuelto. Para él, el torero era una especie de poeta expuesto, un hombre que se juega el cuerpo para arrancarle forma al caos. En ese punto, toreo y literatura se tocaban: ambos exigían valor, compás y verdad.
Exhortación a los cocodrilos de Lobo Antunes
Exhortación a  los cocodrilos de Lobo Antunes.gif
Últimos años y muerte

En sus últimos años vivió cada vez más retirado. Su figura seguía siendo central en las letras portuguesas, aunque su presencia pública se fue haciendo más escasa. Falleció en Lisboa el 5 de marzo de 2026, a los 83 años. El Gobierno de Portugal decretó luto nacional para el 7 de marzo y propuso, con aceptación inmediata del Presidente de la República, la concesión del Grande-Colar da Ordem de Camões. No era un simple gesto protocolario: era el reconocimiento de que se había ido una de las voces mayores de la literatura portuguesa del último medio siglo.
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