De maletilla a notario de la tauromaquia: la vida de Paco Cano

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De maletilla a notario de la tauromaquia: la vida de Paco Cano

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De maletilla a notario de la tauromaquia: la vida de Paco Cano

Francisco Cano Lorenza, conocido en el mundo taurino como Paco Cano o Canito, nació el 18 de diciembre de 1912 en el barrio alicantino de La Goteta y murió el 27 de julio de 2016 en Llíria, en la provincia de Valencia. Tenía 103 años. Había sobrevivido a las estrecheces de la infancia, a las cornadas de su juventud, a la Guerra Civil, a varias generaciones de toreros y a la desaparición de casi todos los protagonistas que retrató. Cuando murió, seguía siendo mucho más que un fotógrafo jubilado: era la memoria viva de los callejones españoles.

Durante más de siete décadas, su cámara recogió la gloria y la tragedia del toreo, pero también el paisaje social que se formaba alrededor de las plazas: escritores, actores, aristócratas, cantantes, empresarios y aventureros atraídos por una España que todavía se explicaba al mundo mediante el toro. Su archivo compone una extensa crónica gráfica del siglo XX. No se limitó a fotografiar faenas; retrató una época y a quienes la representaron.
Cano novillero entra a matar
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El reconocimiento institucional culminó en 2014 con la concesión del Premio Nacional de Tauromaquia. El jurado consideró su obra una antología gráfica de los hitos y manifestaciones taurinas y una fuente histórica indispensable. La concesión quedó confirmada oficialmente mediante una orden publicada en el Boletín Oficial del Estado.

Antes de la cámara estuvo el toro
Canito nació en una familia modesta. Su padre, Vicente Cano, había probado fortuna como novillero con el apodo de Rejillas y terminó ganándose la vida con un negocio de alquiler de sillas y toldos. En aquel ambiente, la tauromaquia no era una estampa contemplada desde lejos. Formaba parte de la conversación familiar, del trabajo cotidiano y de las aspiraciones del muchacho.
Cano de novillero, preparando el paseíllo
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Los relatos autobiográficos sitúan sus primeros pases ante una res escapada de un matadero cercano. La escena ha sido repetida muchas veces por el propio Cano y por quienes escribieron sobre él, aunque debe entenderse como un recuerdo oral de infancia, imposible de documentar con precisión. Lo cierto es que quiso ser torero y que no se conformó con soñarlo.

También practicó boxeo como peso mosca. Su escasa estatura parecía ajustarse al ring, pero tampoco encontró allí su camino. Volvió entonces al ruedo: se lanzó como espontáneo en la plaza de Alicante, pasó por el calabozo, actuó como sobresaliente junto a las hermanas Palmeño y toreó en localidades levantinas. Las fuentes coinciden en que sufrió alguna cornada durante aquella etapa, aunque discrepan sobre el lugar exacto y sobre el número de percances.

Canito resumió después aquella tentativa con ironía. Reconocía que los toros lo cogían con demasiada frecuencia. No llegó a ser figura, pero el fracaso resultó providencial: lo que había aprendido frente a las reses se convertiría en su principal ventaja detrás de la cámara.
Paco Cano y Paco Ordóñez
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Madrid: guerra, refugio y aprendizaje
La Guerra Civil española lo llevó a Madrid. Allí fue acogido y protegido por su amigo Gonzalo Guerra Banderas, a quien Cano atribuyó un papel decisivo en su vida. Fue también quien lo introdujo en la fotografía.

Mientras sobrevivía en una ciudad sitiada, trabajó como ayudante de laboratorio en una fábrica de cosméticos. Aprendió a revelar, a medir la luz y a comprender que una fracción de segundo podía contener una historia completa. Empezó utilizando una sencilla cámara Brownie y pasó después a una Leica, el instrumento que quedó asociado a su leyenda profesional.

A falta de medios, adaptó tubos a sus objetivos para aumentar el alcance. Con el tiempo contó aquella solución artesanal como una especie de invención anticipada del zoom. No fue, naturalmente, el inventor técnico del objetivo de distancia focal variable, pero la anécdota revela su capacidad para improvisar con los escasos recursos de la posguerra.
Canito y Charlton Heston
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Algunos compañeros se burlaban de aquel “torero-fotógrafo”. Canito terminó convirtiendo el mote en una definición exacta de su talento. Sabía cuándo iba a arrancarse el toro, cuándo iba a quebrarse la cintura del matador y cuándo un pase podía terminar en percance. No esperaba a que sucediera la imagen: la presentía.

Una España recorrida de plaza en plaza
Su vida profesional dibuja un mapa taurino de España. Alicante fue la cuna; Madrid, la ciudad del aprendizaje; Valencia, su gran territorio vital; y Linares, el lugar que lo unió para siempre a la historia. A esas ciudades se sumaron Sevilla, Pamplona, Bilbao, Zaragoza, Málaga, San Sebastián, El Puerto de Santa María, Hellín, Roquetas de Mar y decenas de plazas menores donde el trabajo del fotógrafo era más incómodo y, a menudo, más cercano.
Canito Francisco Cano y sus cámaras
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No existen pruebas suficientemente firmes para reconstruir todos los viajes internacionales que algunos textos le atribuyen. Su obra y sus relaciones tuvieron proyección exterior, especialmente por la difusión mundial de sus fotografías y por su contacto con personalidades extranjeras. Sin embargo, afirmaciones concretas sobre largas campañas profesionales en México, Colombia, Venezuela o Perú necesitan una documentación más precisa antes de incorporarse como hechos seguros.

Trabajó como profesional independiente y colaboró con publicaciones como ABC, Marca, El Ruedo y Aplausos. La libertad fue una de sus señas de identidad. Prefería vender sus reportajes y moverse por diferentes cabeceras antes que quedar sujeto a una sola redacción.

Linares: la tarde que no habría querido fotografiar
El 28 de agosto de 1947, Canito se encontraba en la plaza de toros de Linares, en Jaén. En el cartel figuraban Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, Manuel Rodríguez, Manolete, y Luis Miguel Dominguín. El quinto toro, Islero, perteneciente a la ganadería de Miura, hirió mortalmente a Manolete.
Francisco Cano Fotografía cogida de Manolete
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Canito fue el único reportero gráfico que realizó el reportaje completo de la cogida y de sus consecuencias. Fotografió el ruedo, la conmoción posterior, la capilla mortuoria y el dolor de Lupe Sino. Aquellas imágenes recorrieron España y saltaron las fronteras. Millones de personas que habían conocido a Manolete por la radio pudieron contemplar de pronto el rostro humano de la tragedia.

La casualidad que lo llevó a Linares admite varias versiones. La más difundida sostiene que acompañó a Luis Miguel Dominguín porque el torero le debía dinero o quería encargarle un reportaje. El núcleo del relato procede en buena medida de los recuerdos posteriores del propio fotógrafo y debe presentarse como testimonio personal, no como un extremo documentalmente cerrado.

Canito alcanzó la fama mundial gracias a aquellas fotografías, pero nunca las vivió como una victoria. Al recordar la muerte de Manolete se emocionaba, evitaba recrearse en el dolor y repetía que había llorado al torero como a alguien de su familia. Su obra más conocida fue también la que más le pesó.

Aquella tarde lo convirtió en “el fotógrafo de la muerte de Manolete”. La definición era cierta, pero incompleta. Una carrera de setenta años no cabe en unas horas de tragedia.
Cano el fotógrafo con la marca de la cámara
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El ojo que conocía el toreo
Cano fotografió a maestros pertenecientes a generaciones muy distintas: Rafael el Gallo, Juan Belmonte, Domingo Ortega, Pepe Luis Vázquez, los Bienvenida, Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez, Curro Romero y Manuel Benítez, El Cordobés, entre muchos otros.

Su importancia no depende solamente de los nombres reunidos en su archivo. Supo captar el toreo como ceremonia completa. Le interesaban el paseíllo y la faena, pero también la soledad del torero en el hotel, la conversación en el patio de cuadrillas, la espera detrás del burladero, el gesto de la familia y la reacción del tendido.

El pasado de aspirante a matador daba a sus fotografías un sentido del tiempo difícil de aprender en un manual. Conocía las suertes y anticipaba sus desenlaces. Sabía que una buena fotografía taurina no se obtiene disparando sin descanso, sino eligiendo el instante en que toro y torero forman una figura irrepetible.
Cano y Ava Gardner
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No debe atribuirse a Cano, sin documentación específica, la invención de recursos como el contraluz del paseíllo ni una lucha continuada con gobernadores para defender la presencia de fotógrafos en el callejón. Son afirmaciones sugerentes recogidas en alguno de los textos, pero carecen de respaldo suficiente. Su mérito comprobable no necesita añadidos: convirtió la experiencia taurina en instinto fotográfico.

De Manolete a Hollywood

La cámara de Cano salió del ruedo y alcanzó a numerosos personajes vinculados a la vida social española. Fotografió o trató a Ernest Hemingway, Ava Gardner, Gary Cooper, Orson Welles, Charlton Heston, Sofía Loren, Grace Kelly, Rainiero de Mónaco y José Ortega y Gasset.

Su archivo muestra hasta qué punto la tauromaquia sirvió durante décadas como punto de encuentro entre la cultura popular española y las celebridades internacionales. Actores, directores y escritores llegaban a las plazas, a las fincas y a las fiestas privadas atraídos por un mundo que mezclaba riesgo, ritual, belleza y notoriedad.

Canito no era un invitado silencioso. Su simpatía, su gorra blanca y su capacidad para acercarse a los personajes le permitieron obtener imágenes que otros reporteros no conseguían. En torno a Ava Gardner cultivó además un relato humorístico y galante. Llegó a proclamar que la había tenido entre sus brazos y participó gustoso en la construcción de su propia leyenda de fotógrafo pequeño, vivaz y conquistador.

Las versiones más pintorescas —un cheque de Hemingway por 4.000 dólares, una oferta cinematográfica de Gary Cooper o determinadas escapadas nocturnas con Ava Gardner— no han podido confirmarse mediante fuentes sólidas. Pueden proceder de recuerdos orales, exageraciones festivas o reelaboraciones periodísticas. No deben incorporarse a una biografía rigurosa como hechos demostrados.
El fotógrafo Canito, Premio Nacional de Tauromaquia
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La gorra blanca contra el tiempo
Con los años, Canito se convirtió él mismo en personaje. Su gorra blanca aparecía en los callejones antes de comenzar los festejos. Saludaba a toreros, periodistas, mozos de espadas y aficionados, como si cada plaza fuese una prolongación de su casa.
Francisco Cano Lorenza Fotógrafo
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Su longevidad aumentó la fascinación que despertaba. Al cumplir cien años todavía asistía a actos taurinos y sostenía una cámara. Ya no era solamente el profesional que guardaba imágenes antiguas; era el superviviente capaz de poner nombres, voces y gestos a hombres que habían desaparecido décadas antes.

Fue homenajeado mediante exposiciones, conferencias y reconocimientos de asociaciones taurinas. Su archivo ha sido cifrado de manera muy desigual: desde centenares de miles de negativos hasta aproximadamente dos millones de fotografías. La última cifra apareció asociada a la publicación de Mitos de Cano, pero no consta un inventario público completo que permita considerarla definitiva. Lo indiscutible es la magnitud excepcional del fondo.
Paco Canito setmanadebous
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Paco Canito setmanadebous.jpg (16.75 KiB) Visto 468 veces
Murió en la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Llíria. Las informaciones coinciden en que había padecido una neumonía y que el fallecimiento se produjo después de un infarto cerebral. Sus hijos lo acompañaron durante los últimos días.

La capilla ardiente quedó instalada en la plaza de toros de Valencia. El lugar resumía la vida del fallecido: un hombre que había querido ser torero regresaba por última vez al recinto donde había encontrado su verdadera profesión.

Canito no fue únicamente el hombre que estaba en Linares cuando murió Manolete. Fue quien permaneció en el callejón mientras España cambiaba de aspecto, de costumbres, de régimen político, de toreros y de cámaras. Otros fotografiaron corridas. Él fotografió el tiempo.
Paco Cano Canito con su gorra.jpg
Paco Cano, Canito, con su gorra
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