Ladislao Vajda: del exilio húngaro a la edad de oro del cine español
Ladislao Vajda
Un hombre de Budapest que acabó filmando España como si la hubiese llevado dentro desde niño
Ladislao Vajda nació en Budapest el 18 de agosto de 1906, con el nombre de Vajda László, en una Europa todavía imperial y ya temblorosa. Nació, además, en una casa donde el arte no era un adorno, sino un oficio diario. Su padre, Ladislaus Vajda, fue un hombre de teatro y de cine; alrededor del muchacho hubo desde pronto decorados, oficio, tramoya y ese aire de trabajo cultural que no siempre da prestigio, pero sí disciplina. No extraña que el hijo probara primero unos estudios más respetables, como los de Ciencias Políticas, antes de abandonarlos. Lo suyo no estaba allí. Lo suyo estaba en los estudios, en la técnica, en ese aprendizaje desde abajo que luego se nota tanto en los cineastas de verdad.
Vajda y tres carteles
La formación de Ladislao Vajda no fue la de un director encerrado en una sola tradición. Se hizo en varios países y en varias lenguas. Pasó por Berlín, donde trabajó como electricista, montador, ayudante y técnico en plena época de la gran industria alemana; regresó a Hungría, rodó en otros puntos de Europa y acabó siendo uno de esos cineastas a los que la historia, más que llevarlos, los zarandea. Su carrera atravesó Hungría, Francia, Italia, Portugal, Reino Unido, Suiza, Alemania y, sobre todo, España. Ese itinerario no fue solo cosmopolitismo: también fue supervivencia. Su condición de judío húngaro y el endurecimiento político de la Europa de los años treinta y cuarenta marcaron su destino. La prohibición en la Italia fascista de Giuliano de Medici, conocida en España como Conjura en Florencia, precipitó su salida hacia España.
Ladislao Vajda Carne de horca
Llegó a España en 1942 y empezó a trabajar aquí muy pronto. Su debut español como director fue Se vende un palacio en 1943. Lo que para otros habría sido una estación provisional terminó convirtiéndose en un arraigo profundo. Madrid fue su gran centro profesional, con el peso decisivo de los estudios y de la industria de posguerra; Barcelona fue también una ciudad importante en su último tramo vital, hasta el punto de morir allí, el 25 de marzo de 1965, mientras rodaba La dama de Beirut. Entre ambas ciudades levantó una carrera española de primera magnitud. España no fue para él solamente un refugio: fue el país donde encontró su madurez artística y donde dejó la parte más recordada de su filmografía.
Ladislao Vajda El Cebo
Hay directores que hacen una o dos películas buenas y luego viven de ese par de relámpagos. Ladislao Vajda fue otra cosa: un artesano refinado, un profesional completo y un director con mirada propia, capaz de cambiar de registro sin perder autoridad. Su cine de los años cincuenta lo demuestra con claridad. En Carne de horca asomó un gusto por la atmósfera áspera; en Doña Francisquita mostró soltura para adaptar una obra muy española; en Marcelino, pan y vino logró un fenómeno popular e internacional; en Mi tío Jacinto se acercó a una emoción más callejera y desvalida; en Tarde de toros metió la cámara en el rito taurino sin convertirlo en estampita; y en El cebo firmó una de las grandes cumbres del thriller europeo de su tiempo. Marcelino, pan y vino compitió en la Berlinale de 1955 y obtuvo el Oso de Plata; Mi tío Jacinto fue reconocida en la Berlinale de 1956; Tarde de toros entró en competición en Cannes en 1956; y El cebo consolidó la talla europea del director.
Ladislao Vajda Marcelino Pan y vino
Su estilo venía de lejos. En su cine hay nervio narrativo, dominio del montaje, gusto por la composición y una especial atención al rostro humano cuando está a punto de quebrarse. La escuela alemana, el expresionismo aprendido en la juventud y la experiencia como montador se dejaron sentir siempre, pero en España ese bagaje se mezcló con una comprensión notable de lo popular. Por eso su cine no parece el de un visitante de paso. Filmó la pobreza madrileña, la religiosidad de posguerra, el mundo del toro, la infancia herida, la comedia sentimental y el suspense sin desentonar. Supo mirar a España con distancia extranjera y, al mismo tiempo, con una empatía que muchos directores nacidos aquí no alcanzaron. Esa doble condición explica buena parte de su importancia: fue un director europeo que ayudó a hacer más europeo al cine español sin arrancarle su raíz local.
Ladislao Vajda Mi tío Jacinto Antonio Vico y Pablito Calvo
Madrid aparece una y otra vez en su obra como una ciudad concreta y reconocible. No una abstracción de estudio, sino una geografía viva. En Mi tío Jacinto asoman Las Ventas, El Rastro, el metro, los descampados y la periferia; es decir, un Madrid de chabola, recoveco y supervivencia. En Tarde de toros, la plaza de Las Ventas se convierte en un escenario total: ruedo, pasillos, barrera, enfermería, tendido y conversación de aficionados. En María, matrícula de Bilbao, la ciudad vasca entra también en su filmografía; y en El cebo, ya fuera de España, el paisaje suizo confirma que Vajda seguía siendo un director de horizontes amplios, no un hombre encerrado en un solo decorado nacional. Para un lector actual, su biografía se deja seguir casi como un mapa: Budapest, Berlín, París, Roma, Madrid, Bilbao, Barcelona, los escenarios suizos de El cebo.
Ladislao Vajda Mi tío Jacinto, maletilla de ocasión
Su relación con la tauromaquia
Si hay una parcela en la que Ladislao Vajda dejó una huella particularmente española, esa fue la tauromaquia. No por cantidad de títulos, sino por la calidad de su aproximación. En 1956 firmó dos películas que, vistas juntas, forman casi un díptico sobre el mundo del toro: Tarde de toros y Mi tío Jacinto. La primera se mete en la gran plaza y en la ceremonia pública del toreo; la segunda se fija en un torero derrotado, en el fracaso, en la pobreza y en la dignidad de quien ya no vive de la gloria, sino de su recuerdo.
Ladislao Vajda Mi tío Jacinto
Tarde de toros fue producida por Chamartín, se rodó en relación estrecha con Las Ventas y reunió a nombres taurinos reales como Domingo Ortega, Antonio Bienvenida y Enrique Vera. La película compitió en el Festival de Cannes de 1956 y España la presentó a la carrera del Óscar a mejor película de habla no inglesa, aunque no llegó a quedar nominada. Más allá del dato internacional, lo importante es otra cosa: Vajda entendió que una corrida no es solo un espectáculo de arena y sangre, sino un sistema completo de emociones, jerarquías y temores. En la película aparecen el torero veterano, la figura en sazón, el joven con dudas, el espontáneo, la mujer que espera, la tensión del embarazo, la cornada, el juicio de la plaza. No hay postal; hay drama.
Ladislao Vajda Tarde de toros, en la arena
Ese logro no fue casual. Un testimonio muy valioso, el de Enrique Vera, recordaba años después que Vajda “se identificó una barbaridad con los toros” y que, a la hora de filmar, confió en el criterio de los profesionales del ruedo. Esa frase vale mucho porque explica la verdad interna de la película. Un director extranjero pudo filmar bien el toreo precisamente porque supo no fingir saberlo todo. Escuchó a quienes sí lo sabían. De ahí sale buena parte de la autenticidad de Tarde de toros, hoy considerada todavía una de las películas taurinas más sólidas del cine español.
Ladislao Vajda Tarde de toros
Mi tío Jacinto, estrenada también en 1956, avanza por otro camino. Aquí no vemos al diestro en plenitud, sino al antiguo torero arrinconado, casi cómico a ojos de la sociedad, que malvive en los márgenes de Madrid con su sobrino Pepote, interpretado por Pablito Calvo. La invitación para actuar en una charlotada en Las Ventas no abre un regreso triunfal, sino una jornada angustiosa para conseguir el traje de luces y salvar, aunque sea unas horas, la propia dignidad. El toreo, en esta película, es una promesa rota, una fe mínima, una manera de seguir andando cuando ya casi no queda nada. El albero apenas se ve, pero pesa sobre toda la historia.
Tarde de toros (1956) as actrices Jacqueline Pierreux y Tony Soler
Por eso la obra taurina de Ladislao Vajda importa tanto. Porque entendió las dos caras de la fiesta: la tarde grande y la tarde perdida; la plaza llena y el descampado; el nombre del cartel y la colilla recogida junto a la tapia. Muy pocos directores han sabido contar esas dos Españas taurinas a la vez. Y ahí reside una de sus victorias artísticas más duraderas: no filmó solo un rito, sino una condición humana.
Ladislao Vajda Retrato
Como personaje público y como profesional, Vajda fue importante por una razón que hoy sigue pesando: abrió una puerta internacional para el cine español de los cincuenta sin renunciar al gran público. No fue un raro encerrado en el prestigio, ni un simple fabricante de éxitos. Fue ambas cosas, y eso es más difícil. Dio su primera oportunidad a Sara Montiel en Te quiero para mí en 1944; convirtió a Pablito Calvo en un rostro universal con Marcelino, pan y vino; y dejó una filmografía que sigue reapareciendo en retrospectivas, ciclos y estudios sobre el cine europeo y español. Murió joven, a los 58 años, cuando todavía estaba rodando. Su final, en pleno trabajo, parece casi coherente con una vida en la que el cine nunca fue pose ni sobremesa, sino un oficio total.
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