Otra bofetada del articulista Salvador Sostres al independentismo
Publicado: Mar Jul 05, 2022 1:35 pm
Y por habitual no es menos sonora la bofetada a los restos del independentismo y sus residuales manifestantes, con sus subsidarios gritos, sus secundarios convocantes, y sus supletorios líderes.
Los que ayer fueron a increpar al juez Marchena en su visita a Barcelona son los cobardes que acataron la aplicación del artículo 155 y acudieron al día siguiente a trabajar, los votantes de los que declararon la independencia y en lugar de defenderla se escaparon o se entregaron voluntariamente a la Justicia, y los vencidos que han convertido el independentismo en un folklore de pancarta y espantasuegras y que sólo son valientes cuando les sale gratis. Fueron cuatro jubilados sin propósito ya en sus vidas, liderados por los dirigentes entidades como Omnium o la ANC que han perdido cualquier protagonismo en la sociedad catalana. Entre el ridículo «lo volveremos a hacer», cada día desmentido por el regreso de ERC y Junts al autonomismo más pragmático, y el fascismo de baja intensidad de tildar de «provocación» la visita del juez, como si Cataluña fuera de los independentistas y les tuviéramos que pedir permiso para entrar y salir de su finca, la jornada de ayer guardó relación con la del día anterior, en la que la princesa Leonor estuvo en Gerona. Las dos visitas -y el nivel de las dos protestas- subrayaron la victoria del Estado y la normalidad democrática plenamente establecida.
Lo que más llamó la atención de la concentración -bastaba con pasear entre los asistentes para constatarlo- es hasta qué punto el independentismo ha perdido el sentido del ridículo. Los discursos de los líderes y el tipo de griterío de los exaltados, así como el propio hecho de no tener otra cosa que hacer que protestar por la visita de un juez a cuyo rigor se sometieron voluntariamente todos los condenados, no resultaron en absoluto peligrosos o intimidantes, pero sí de una vergüenza ajena que por fanatizados que estén que uno se pregunta cómo puede ser que ellos mismos no la sientan.
Los que ayer fueron a increpar al juez Marchena en su visita a Barcelona son los cobardes que acataron la aplicación del artículo 155 y acudieron al día siguiente a trabajar, los votantes de los que declararon la independencia y en lugar de defenderla se escaparon o se entregaron voluntariamente a la Justicia, y los vencidos que han convertido el independentismo en un folklore de pancarta y espantasuegras y que sólo son valientes cuando les sale gratis. Fueron cuatro jubilados sin propósito ya en sus vidas, liderados por los dirigentes entidades como Omnium o la ANC que han perdido cualquier protagonismo en la sociedad catalana. Entre el ridículo «lo volveremos a hacer», cada día desmentido por el regreso de ERC y Junts al autonomismo más pragmático, y el fascismo de baja intensidad de tildar de «provocación» la visita del juez, como si Cataluña fuera de los independentistas y les tuviéramos que pedir permiso para entrar y salir de su finca, la jornada de ayer guardó relación con la del día anterior, en la que la princesa Leonor estuvo en Gerona. Las dos visitas -y el nivel de las dos protestas- subrayaron la victoria del Estado y la normalidad democrática plenamente establecida.
Lo que más llamó la atención de la concentración -bastaba con pasear entre los asistentes para constatarlo- es hasta qué punto el independentismo ha perdido el sentido del ridículo. Los discursos de los líderes y el tipo de griterío de los exaltados, así como el propio hecho de no tener otra cosa que hacer que protestar por la visita de un juez a cuyo rigor se sometieron voluntariamente todos los condenados, no resultaron en absoluto peligrosos o intimidantes, pero sí de una vergüenza ajena que por fanatizados que estén que uno se pregunta cómo puede ser que ellos mismos no la sientan.